domingo, 17 de diciembre de 2017

Órbita, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 186 páginas. 1ª edición de 2009. 

En enero de 2017 leí Autopsia, la primera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), publicada en la editorial Candaya. Fue un libro que, como comenté entonces, me gustó mucho. En junio de 2017, vinieron a la Feria del Libro de Madrid por primera vez Olga Paco, los editores de Candaya. Me pasé a visitarle y compré el primero ejemplar de Réplica que se vendió en la Feria. Hacia finales de septiembre, Serrano Larraz y sus editores vinieron a Madrid para presentar este libro de relatos y me pasé a saludarles. Al final compré, en la librería Nakama, donde tuvo lugar la presentación, Órbita, el primer libro de relatos de Serrano Larraz publicado en Candaya, del que había oído hablar bien. En octubre de 2017 he leído los dos libros de cuentos seguidos en orden cronológico. 

Lo primero que se encuentra el lector al abrir el libro es un prólogo firmado por Manuel Vilas, con fecha de diciembre de 2008. En él, nos encontramos con términos como «literatura mutante», «afterpop» o «literatura Nocilla» para referirse a los cuentos de Serrano Larraz. Este prólogo ha supuesto para mí todo un viaje en el tiempo. Me he acordado, de repente, de que, por aquellos días, se hablaba de literatura en España con aquellos términos que, hoy, casi una década después, me han sonado perfectamente vacíos y pomposos. También apunta Vilas que Serrano Larraz tiene un «mundo propio» y que, en sus composiciones, se puede apreciar la influencia de escritores como Roberto Bolaño o Julio Cortázar; apreciaciones con las que estoy de acuerdo. Pero, ¿qué sería entonces un cuento «afterpop»? La verdad es que no lo sé, simplemente creo que Vilas habla de una narración posmoderna, donde se mezclan referencias a la baja y la alta cultura, y no del todo realista. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. No quiero decir con esto que los cuentos de Serrano Larraz no sean interesantes, en absoluto. Ahora hablaremos de ellos. 

El volumen se abre con un cuento que da título al libro, Órbita, que empieza con la siguiente dedicatoria: «Para B». Intuyo que B no es otro que Roberto Bolaño, al que sé que Serrano Larraz llegó a conocer en Barcelona. Este cuento, sobre un niño superdotado que empieza a sentir fascinación por un escritor científico, es un claro homenaje a Bolaño. La influencia del cuento Sensini (el primero de Llamadas telefónicas) es clara: la soledad del genio (o del escritor), la admiración por una figura que no acaba de ser la de un triunfador, con el que se cartea, la presencia continua de una sensación de amenaza y la inclusión en el texto de nombres de escritores. Los dos protagonistas del cuento quedan en la calle Tallers, aquella en la que vivió Bolaño en sus años de Barcelona. El homenaje es claro. 
Serrano Larraz ha estudiado Ciencias Físicas, y la presencia de términos científicos o matemáticos recorre este libro, dándole un aire propio bastante particular (algo que desaparece en Réplica). 
Órbita es un buen cuento que seduce al lector de forma inmediata. Aquí está ya ese decorado de colegios y calles de Zaragoza que tan atractivo resultaba en Autopsia. 

Perspectivas es un cuento fantástico sobre un muerto que vive en una máquina de tabaco. Quizás aquí sea más clara la influencia de Cortázar, o incluso la de Boris VianPerspectivas me parece un cuento de concepción y ejecución mucho más sencilla que Órbita y me gusta menos. Diría que es un cuento de búsqueda y formación, escrito años antes que Órbita. 

Shaman´s Blues es un cuento que carece de nudo narrativo, o bien éste es mínimo, un cuento que –como apunta Vilas en el prólogo– se sustenta con el lenguaje. Esta apreciación me parece cierta, aunque en algunas páginas de la narración la sobrecarga metafórica y referencial acaba siendo excesiva. El cuento apunta caminos narrativos que Serrano Larraz desarrollará en Autopsia, sobre la vida nocturna de su juventud en Zaragoza. En este cuento se habla de «el Letrista», que componía canciones para el grupo por El Niño Gusano. Este personaje hace referencia al músico Sergio Algora. En él también estaba basado el personaje dj Castorp de Autopsia. Me quedo con el desarrollo más maduro que hace Serrano Larraz de estos temas en su novela. 

Y sólo del amor queda el veneno me ha parecido un cuento muy clásico, que como Perspectivas me parece de una época anterior a las piezas más logradas del conjunto. Aquí se hace un uso tímido del humor. 

Estrategia del aplauso, con una pareja de amigos tratando de alterar la realidad para epatar a terceros, es un claro caso de cuento en la línea de extrañeza y juego de Julio Cortázar. Para que el homenaje sea completo no faltan ni tan siquiera las referencias a la música jazz. 

Y así sucesivamente vuelve a ser un cuento que homenajea a Roberto Bolaño. En el cuento de Serrano Larraz un joven comienza a volverse loco al encontrar extrañas coincidencias en las matrículas de su pueblo. En una de las narraciones de Los detectives salvajes (si no lo recuerdo mal) había un personaje que también se topaba con extrañas casualidades numéricas que le habían ganar la lotería. Serrano Larraz lleva la historia a su terreno: Zaragoza, la juventud extraviada y las ciencias. 

Me gustan bastante los tres cuentos largos con los que finaliza el libro. 

Cuerpo y alma me parece uno de los cuentos más maduros del libro. Un cuento sobre relaciones que acaban y terminan, con una tristeza bastante adulta. Cuerpo y alma adelanta el camino que luego se recorrerá en las páginas de Réplica. 

Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (segundo premio) me gusta también mucho. Es uno de los cuentos más originales. En él, un novio abandonado le escribe una larga carta al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Una carta que espera entregarle en mano unas horas después, cuando vaya a visitarle a una librería de Zaragoza en la que estará firmando libros. Bryce Echenique era el autor favorito de su novia y el novio espera su intercesión benéfica. Con ironía se habla aquí de la insignificancia social de la literatura. 

Últimas señales también es una de las piezas más destacadas del libro, un cuento que habla de la relación entre dos hermanos, y la de éstos con sus padres. Quizás su final, de una redondez un tanto excesiva, le hace perder –paradójicamente– un poco de fuerza. 

Ahora que escribo esta reseña, puedo apuntar que ya he leído los tres libros que Miguel Serrano Larraz tiene publicados en Candaya y creo que me hubiera gustado leerlos en orden cronológico. Al haber empezado por Autopsia, una novela muy sólida y madura, que me gustó mucho, tengo la impresión de que mis expectativas eran demasiado altas con Órbita. Esta colección de cuentos está publicada cuatro años antes que la novela, y supongo que recoge narraciones de diversos periodos de la formación de Serrano Larraz. Nos encontramos aquí con cuentos bien resueltos: ÓrbitaEstrategia del aplausoCuerpo y almaZaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo Premio) Últimas señales. Aunque a alguno de ellos se le nota demasiado el homenaje (Bolaño en el caso del primero y Cortázar en el segundo), estos cuentos se mezclan aquí con otros más titubeantes (PerspectivasShaman´s BluesY sólo del amor queda el veneno o Y así sucesivamente).

Si me hubiera acercado a Órbita sin conocer Autopsia, habría pensando en un debut prometedor. La promesa se confirmó en Autopsia, efectivamente; pero al volver hacia atrás he sentido más las costuras de la escritura, lo que en realidad no es algo malo. Órbita es un buen libro (con los desequilibrios de la búsqueda de una voz propia), pero –y de esto ya hablaré la semana que viene–, como era de esperar por otro lado, Réplica es mejor. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Nostalgia, por Mircea Cărtărescu

Editorial Impedimenta. 375 páginas. 1ª edición de 1993; ésta es de 2016. 
Traducción de Marian Ochoa de Eribe. 
Introducción de Edmundo Paz Soldán. 

Llevaba muchos años oyendo hablar de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), uno de los buques insignia de la editorial Impedimenta. Hace unos años estuve a punto de acudir a la presentación en Madrid de uno de sus libros porque iba a estar allí el autor, pero al final lo dejé pasar. Consideré, en aquel momento, que no debía interesarme por más escritores nuevos. Pero los comentarios favorables sobre Cărtărescu seguían llegándome. Sobre todo había oído hablar de El ruletista, del que (hasta hace no mucho tiempo) no estaba seguro de si era un cuento o un conjunto de cuentos. En la Feria del Libro de Madrid 2017 me acerqué a la caseta de Impedimenta y me apeteció preguntarles a sus editores, Enrique Redel y Pilar Adón, qué libro de Cărtărescu me recomendaban para empezar con él. Sin dudarlo me señalaron Nostalgia. Yo les hablé de El ruletista, y me comentaron que Nostalgia lo incluye, pues es su primer relato. Así que me compré Nostalgia y me he puesto con ella hacia finales de septiembre, cuando ya estaba anunciada la salida de la última novela de nuestro autor rumano, Solenoide, de la que me hablaron sus editores en la feria y que la crítica apunta que es su mejor libro. 

Nostalgia está compuesta por cinco narraciones. Algunas, de unas 30 páginas, podrían ser calificadas de relatos, y otras, de unas 150 páginas, son ya novelas cortas o simplemente novelas. Cărtărescu publicó este libro en 1993, cuando ya se había labrado una reputación en Rumanía como poeta. Esta obra le situó también a la cabeza de los prosistas de su país. 

El ruletista aparece en una primera parte del libro titulada Prólogo. En este relato, un escritor conversa con el lector y le anuncia que le va a contar la historia de uno de los vecinos del barrio de su infancia. Es normal que el narrador interrumpa la historia contada para hacer alguna reflexión y convertirse a sí mismo en un personaje del relato. Esto que, en principio, parece un recurso narrativo del siglo XIX, es empleado con mucha gracia y soltura, y en realidad se convierte más en un elemento posmoderno, puesto que juega con los límites de la propia escritura. 

El ruletista es un cuento redondo sobre la suerte y el destino. Un texto en el que podemos sentir la influencia de Jorge Luis Borges y su gusto por la paradoja. Aquí, los personajes quedan supeditados a la anécdota, y se dibuja para ellos una psicología que tiende más a lo fantástico y mítico que a lo racional. Es difícil no sucumbir al encanto y el talento de Cărtărescu después de acabar este cuento, todo un clásico moderno. 

El cuerpo central del libro se titula, precisamente, Nostalgia, y está formado por tres narraciones: El Mendébil, Los gemelos y REM. El primero es un relato extenso, y en los otros dos casos podemos ya hablar de novelas. 
Estas tres narraciones tratan sobre la infancia y la adolescencia. Si bien El ruletista transcurría en una ciudad innominada que el lector podía suponer que era Bucarest, en esta parte central del libro la localización narrativa se hace más explícita y sobre todo aparece, de forma recurrente, una avenida de la ciudad llamada Stefan cel Mare. «Soy, como ya sabéis, un escritor ocasional. Solo escribo para vosotros, queridos amigos, y para mí. Mi verdadera profesión es aburrida, pero a mí me gusta y conozco muy bien sus trucos», leemos en la primera página 43 de este relato. De nuevo, y éste es un recurso que se repite en las distintas historias de este libro, tenemos aquí a un narrador que, de forma consciente, le informa al lector de que le va a contar algo. Aquí también cobrará importancia la descripción de los sueños, un elemento que acaba siendo crucial en el estilo compositivo de Cărtărescu. El narrador nos hablará de la época en la que era un niño de siete años y disfrutaba de uno de los largos veranos de la infancia. Al barrio llega un niño nuevo –el Mendébil– que primero sufrirá acoso por parte del resto y luego les seducirá con sus historias, para volver a caer en desgracia cuando los demás se percaten de que es sexualmente más adelantado que ellos. Esta idea de la sexualidad no aceptada por los niños se repite en las demás narraciones de este cuerpo central de Nostalgia. Cuando se describen las historias que cuenta el Mendébil a los otros niños he vuelto a pensar en la imaginación de Borges, un autor al que sin duda (acaba citándolo en un cuento) Cărtărescu admira.  

Los gemelos trata sobre la ambigüedad sexual de un joven. El cuento arranca con el protagonista masculino vistiéndose de mujer. Luego empezará a narrarnos su historia: su rechazo de la sexualidad en un campamento de verano (esta parte, en la que se describe la infancia, tiene mucho que ver con El Mendébil), para hablar posteriormente de su enamoramiento de una joven compañera de clase. El narrador le está contando su historia a los médicos del centro psiquiátrico en el que se encuentra internado. La narración se mantiene, durante bastantes páginas, dentro de los cánones del realismo (aunque con algunos toques alucinados), para acabar desbordándose en un alarde de imaginación y creatividad. En este sentido, Cărtărescu es un escritor muy dotado para romper con las expectativas del lector. 

REM es la narración más larga del libro. El lector debe tener cuidado al acercarse a ella y no perderse en el juego de narradores inicial: el narrador nos cuenta que está en una habitación con dos amantes. «Doy vueltas por la estancia cada vez más agitado. Mis patas, mis garras, mi vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más en el ocaso inversa» (pág. 201). El narrador, como podemos ver, es un ente indefinido que dará la voz narrativa a un chico, más joven, y también a una mujer, que le contará a su amante una historia que vivió en su infancia, cuando su madre estaba enferma y tuvo que pasar una temporada de verano en casa de una tía. Esta narración es enormemente imaginativa y fantasiosa.  

En el prólogo del libro, Edmundo Paz Soldán escribe: «Un cuento prodigioso –en más de un nivel– como REM puede remitir a Borges, pero también a Lewis Carroll y a Bruno Schulz, esos dos grandes narradores de la infancia y la juventud como territorios de lo mágico». Suscribo el comentario de Paz Soldán. Lo cierto es que había leído el prólogo antes que los relatos (hubiera sido mejor dejarlo para el final), y tal vez mi cabeza estaba buscando ya las referencias a Borges, Carroll y Schulz, pero, puesto que son tres escritores a los que he leído, me gustaría pensar que habría acabado pensando en ellos igualmente, aunque me hubiese saltado el prólogo. La referencia a Borges es evidente, puesto que REM acaba siendo una especie de Aleph. También lo es la referencia a Carroll, con unos relojes cuyas manillas dan vueltas de forma descontrolada y unos agujeros en la tierra por los que se adentran las protagonistas infantiles. Bruno Schulz en Madurar hacia la infancia hace que la imaginación infantil se adueñe del relato, igual que hace aquí Cărtărescu. 

Además de los sueños y los juegos con el narrador que interviene en la historia, en estos relatos se repite siempre una obsesión del autor: la presencia inquietante de las arañas y las telarañas. 

En la página 216, el narrador animalizado (que en realidad parece un espectro) se dirige al lector: «Esto se alarga tanto que, querido lector, me siento obligado a llenar tu espera con algo. No creo que te venga mal que te cuente algo más sobre Vali (…). Él escribirá, por ejemplo, dentro de dos años (desvelo esto sólo para que os hagáis una idea de sus posibilidades como novelista principalmente) la primera historia de este volumen, El ruletista». Las cinco narraciones (y sobre todo las tres centrales) del libro están fuertemente unidas. 

Después de un desarrollo fuertemente imaginativo y fantástico, hacia el final de REM leemos: «Naturalmente, en cuanto llegué a casa la magia se esfumó» (pág. 339), y aquí la narradora parece despedirse ya de la infancia. 

El quinto relato está situado en una parte del libro llamada Epílogo; se titula El arquitecto. Su estilo literario lo emparenta con El ruletista. Aquí nos encontramos con un arquitecto que empieza a obsesionarse con los cláxones de los coches, lo que le lleva a crear todo un mundo musical. Este cuento se puede relacionar con Kafka y sus artistas del hambre o del trapecio. 

En resumen, Nostalgia me ha parecido un libro inmenso, todo un clásico moderno. Y Mircea Cărtărescu un escritor dotadísimo, que bebe de algunos clásicos de los siglos XIX y XX (Lewis Carroll, Franz Kafka, Bruno Schulz o Jorge Luis Borges), pero tratados de una forma muy original. Realismo que se rompe cuando el lector menos se lo espera, juegos de narradores, prosa trabajada y muy imaginativa… toda una delicia de lectura. Muy recomendable. 




domingo, 3 de diciembre de 2017

Un paseo por la desgracia ajena, por Javier Moreno

Editorial Salto de página. 169 páginas. 1ª edición de 2017. 

Javier Moreno (Murcia, 1972) le pidió a Pablo Mazo, el editor de Salto de página, que me hiciera llegar su último libro de relatos, y éste se materializó en mi buzón. Lo cierto es que –según mi propio código ético de reseñista aficionado– no me siento con obligación de leer los libros que llegan a casa sin que yo los haya solicitado (cuando esto sí ocurre, estoy obligado, por el mismo código ético, a leerlos y reseñarlos en un periodo de tiempo razonable), y, sin embargo, decidí que sí iba a leer Un paseo por la desgracia ajena. Nunca hasta ahora había leído nada de Javier Moreno, pero sí reseñas sobre sus libros, y me parecía que sus propuestas sonaban interesantes. También he coincidido con él en diversas presentaciones de libros durante los últimos años y me parece una persona cordial, que además posee grandes conocimientos de literatura. Sabía que era profesor de instituto y había supuesto que su asignatura sería Lengua y Literatura, pero descubrí hace poco que en realidad da clases de Matemáticas (yo también he sido profesor de Matemáticas durante bastantes años y esto hace que me sienta cercano a Javier). Creo que este dato, la formación matemática, acaba siendo relevante a la hora de componer sus relatos, que reflejan (como apuntó el escritor Miguel Espigado en la presentación del libro) una mente científica. 

Un paseo por la desgracia ajena está formado por diecisiete relatos, lo que hace que los cuentos tengan una media de diez páginas (los hay de cuatro y también de más de veinte). El primero se titula Boca abajo y se desarrolla en el interior de un coche en que viaja una pareja con su hija. Es un relato tenso que tiene que ver, en última instancia, con la casualidad y las leyes del azar (aquí se puede observar esa predisposición científica de la que habló Espigado el día de la presentación). Dos relatos más comienzan dentro de un coche: Gota de ámbar y Coche fúnebre. Este dato del escenario cerrado y minúsculo me parece significativo, porque Moreno compone sus cuentos creando mundos asfixiantes y autoconscientes; reales, pero un tanto distorsionados. Gota de ámbar –el segundo cuento– es un gran relato sobre el dolor que conlleva la pérdida de un hijo. Coche fúnebre, en cambio, es más bien un relato cómico, de un humor negro un tanto desangelado, que cae en el absurdo, muy presente en este libro. 

Los relatos de Moreno no son fantásticos, pero su realismo bordea lo inverosímil y gusta de la exageración. Moreno es un gran admirador de escritores como J. G. Ballard y Don DeLillo. De hecho, hace no mucho se tradujo su novela Alma al inglés y el libro acabó en manos de DeLillo, que dedicó un comentario elogioso y manuscrito (la nota circuló por Facebook) a la escritura de Moreno. Estas influencias están presentes en este libro. 

Destaco otra idea de Miguel Espigado durante la presentación: la voz narrativa que se encuentra detrás de estos cuentos es la de una persona madura, que contempla el mundo desde el escepticismo. En este sentido me parece destacable de los cuentos las reflexiones que proponen. El texto está cuajado de sentencias interesantes sobre la realidad analizada («con mirada de antropólogo», apuntó el propio Moreno en la presentación de su libro). Por ejemplo: «La madurez es un estado ficticio, un mito sociológico que busca atemperar el deseo y el instinto a cambio del disfrute de cierta seguridad económica y emocional. A un hombre maduro le delatan sus convicciones, como si el objetivo de la vida fuese extraer un conjunto de reglas a las que atenerse y juzgar a los demás» (pág. 55); «El deseo nunca es inmediato. Uno acaba deseando lo que desea el otro. No sabemos lo que queremos hasta que alguien lo valora con su mirada. Deseamos el deseo del otro» (pág. 61); «La suerte, esa excepción estadística que actualiza lo posible y lo inviste de acontecimiento» (pág. 45). 
Me gustaría destacar también que Moreno empezó en la literatura como poeta, y esto también se aprecia en el juego metafórico de sus páginas; por ejemplo, en la página 57 leemos: «Su risa sonaba como un estante de copas haciéndose añicos». El cuento El discurso del método comienza con una cita de Mark Strand, una de las referencias actuales en la poesía mundial. 

En la presentación, Moreno apuntó que considera que la suya es una escritura de «ideas». Me gustaría comentar esto: creo que mis escritores de relatos favoritos escriben relatos de «personajes» y no de «ideas». Es decir, Jon Bilbao –uno de mis referentes actuales en cuento español– compone sus relatos (deudores de la literatura de John Cheever o Raymond Carver) creando personajes y haciéndolos interactuar con sus conflictos internos. En estos relatos se juega con la parte expuesta de los personajes y la que queda sumergida y que el lector ha de imaginar. Supongo que un escritor como Bilbao piensa en conflictos personajes y no en ideas. El propio Moreno señaló cuál podría ser uno de los peligros de componer los relatos en torno a «ideas»: separar las buenas ideas de las que se quedan en ocurrencias.
En este sentido, los cuentos que menos me gustan de Un paseo por la desgracia ajena son aquellos que me parece que se quedan cerca de la mera ocurrencia. Esto me sucedió al leer, por ejemplo, El discurso del método, sobre los pensamientos de un mimo que en la madrileña plaza de Sol imita a Descartes. Entiendo el juego, la plasmación de los pensamientos del personaje es una parodia de la escritura de Descartes. Pero no encuentro aquí interacción entre personajes, conflicto… y esto hace que el cuento se quede para mí en la ocurrencia. Como siempre, la escritura está contenida, es poética y reflexiva, pero en un cuento como El discurso del método estas virtudes no me parecen suficientes para sostenerlo. Esto mismo me ocurre con Sniper Alley, otro cuento sin interacción de personajes y que me resulta pobre. 
Sin embargo, en El sueño más dulce, pese a que sólo hay un personaje y, por tanto, podría adolecer del problema planteado arriba, la situación creada me parece más sugerente. Aquí, un hombre obeso, adicto a la ingesta masiva de caramelos Solano gana el premio de poder pasar unos días en la fábrica. Allí se quedará encerrado, en un mar de caramelos que amenazan con engullirle. Como decía al principio, las narraciones de Moreno no son fantásticas, pero muchas de ellas rozan el absurdo y lo inverosímil. Esto las hace crecer. 

Dos parejas es el cuento más largo del libro y es diferente al resto porque su fuerza recae en los diálogos de cuatro personajes y no en la narración indirecta. Dos parejas han quedado para realizar un intercambio sexual, que no parece que vaya a acabar bien. Durante una noche de borrachera se irán escupiendo algunas verdades sobre cada uno. Dos parejas es un cuento áspero e intenso. Cuando el día diez de octubre acudí a la presentación del libro a un teatro de la zona de Embajadores, llevaba medio libro leído. El siguiente cuento, que empezaría al día siguiente, era justo Dos parejas. La presentación se hizo en un teatro porque este cuento había sido representado como obra de teatro y Moreno había contactado con los actores para que volvieran a representarlo. Por supuesto, cuando a la mañana siguiente leí el relato en el autobús que me acerca al colegio donde trabajo, no podía dejar de recordar a los actores recitando el texto. Fue una sensación extraña y privilegiada. 

En un cuento como Dos camisas iguales, Moreno juega con la idea del doble y quizás este relato adolece del problema comentado antes, que al no existir interacción entre personajes se queda más en un relato de «idea» que de «personajes», lo que para mí (una idea del relato totalmente subjetiva, por supuesto) lo empequeñece frente a otras propuestas. 

Me ha resultado curiosa la lectura de En busca del fuego, porque está basado en una anécdota real que (igual que Moreno) yo le había escuchado contar a Pablo Mazo: la experiencia madrileña del 15-M como juego alucinógeno. Es un cuento divertido. 

Me dejo para el final los cuentos más destacables del libro, que serían algunos como PhoenixSelfie-vampsEl arquitecto y la modeloEllo y D. J. En ellos, Javier Moreno despliega el que para mí es su más claro talento: percibir los cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en nuestras vidas. Son éstos, en algunos casos, cuentos ligeramente futuristas, de una ciencia-ficción muy cercana a la realidad. En Selfie-vamps, por ejemplo, dos adolescentes se fotografían en poses desenfadadas con suicidas o personas a punto de morir detrás, buscando el éxito en las redes sociales. Un cuento muy logrado, muy inquietante. En Ello, las personas le han dejado todos sus datos a una aplicación que decide por ellos, en el supermercado, en las relaciones… 
«Resulta cada vez más infrecuente tratar con alguien sin la mediación de las redes sociales.», leemos en la página 135, y en esta frase se encuentra una de las ideas compositivas más potentes de estos últimos cuentos que destaco aquí. 


Como siempre ocurre al leer un libro de relatos, algunos de los diecisiete contenidos en Un paseo por la desgracia ajena me parecen más logrados que otros. Su lenguaje cuidado, analítico, ligeramente sentencioso, pero también poético, los une. Algunos, como ya he apuntado, se quedan en pirotecnia formal, pero los más logrados, sobre todo cuando se vuelven ligeramente futuristas, me parecen muy inquietantes, muy conseguidos. Por tanto, el Javier Moreno escritor de cuentos me parece una voz a tener en cuenta en el panorama nacional, competitivo y pequeño, del libro de relatos. 

jueves, 30 de noviembre de 2017

Reseña de Acantilados de Howth en el blog Las inquilinas de Netherfield

En el blog Las inquilinas de Netherfield, después de leer Koundara, leyeron mi primera novela, Acantilados de Howth y yo se lo agradezco mucho. Dejo aquí la reseña:



«Ya os comenté hace unas semanas que tengo muchas reseñas pendientes. Y quiero sacarlas todas lo antes posible, pero no sé de dónde rascar el tiempo porque no me da para más. A eso hay que añadir que algunos libros requieren sentarse con tranquilidad para intentar transmitir lo que realmente quieres transmitir. Acantilados de Howth es uno de esos libros. 
Realmente yo llegué a este libro por el título hace ya tiempo aunque no ha sido hasta hace unos meses que lo he leído (sí, meses... antes de Navidad... hasta ese punto llega el retraso). Soy una apasionada de Irlanda, y leer esos acantilados en el título irremediablemente me atrajo con cantos de sirena. No sabía muy bien qué iba a encontrarme, pero sabía que tenía que leerlo. Y a día de hoy, con el tiempo transcurrido, tengo escenas del libro todavía presentes en la memoria. Detalles, destellos, situaciones, conversaciones... el alma que mueve al libro todavía sigue ronroneándome en la cabeza. Porque ese alma es muy común a una generación, ya no solo en cuanto a edad, sino en cuanto a vivencias. No en todas, obviamente, porque las experiencias personales son eso, personales, pero sí que hay cosas en común a ciertas situaciones, y creo que cualquiera que haya vivido en el extranjero a los veintitantos se habrá visto reflejado en muchas cosas que se narran en el libro, que es lo que a mí me ha ocurrido... Y en la vuelta a casa y a la rutina de cumplir lo que se espera de ti. Es un libro muy auténtico, creo que es la mejor manera de definirlo.
Si digo que estamos ante una novela que desmenuza la crisis de los 30 con el desencanto que da el estar donde debes estar, donde la sociedad/familia/vida te dice que debes estar, pero no donde quieres o te gustaría (y no hablo en un sentido estrictamente físico, naturalmente), creo que resume la base sobre los que se sustentan los cimientos de la historia. Pero es mucho más que eso. En esa base también están las decisiones que hemos tomado en la vida, buenas y malas, que nos han llevado a ser como somos y a recorrer caminos muchas veces equivocados que nos han alejado de lo que realmente queremos ser; la necesidad de cumplir las expectativas de los demás, que raras veces coinciden con las que albergamos para nosotros mismos; la presión que sentimos llegada una cierta edad para cumplir unos estándares que no nos alejen de una normalidad que la sociedad establece y que difícilmente es la más adecuada para todo el mundo. Lo que es bueno para muchos no tiene por qué ser bueno para todos, pero no siempre tenemos la libertad de escoger... o somos nosotros mismos los que tenemos miedo de hacer uso de ese albedrío.
Un trabajo estable y monótono que aunque odies y esté muy por debajo de tu potencial te aporte un salario, una pareja también estable no vaya a ser que se te pase al arroz, la compra de un piso aunque vivas hipotecado de por vida porque es lo que toca... Ricardo, nuestro protagonista, acaba de cumplir los treinta y ha seguido y obedecido cada uno de esos parámetros que la sociedad esperaba de él llegada esa edad. Pero no es feliz, su mujer tampoco lo es, y el día que ella le abandona dejando solo una nota, Ricardo empieza a repasar su vida desde la Universidad y su primer amor, hasta que, tras ganar un premio de poesía y sin saber muy bien qué hacer con su vida, decide hacer las maletas y poner rumbo a Dublín para perfeccionar el idioma y vivir experiencias que le estarán vedadas una vez tenga que "sentar la cabeza". Así, alternando presente y pasado, Ricardo reflexiona sobre lo que tiene actualmente y lo que es, y lo que una vez fue, tuvo y dejó escapar. 

La narración se nutre de todos esos gestos, instantes, decisiones, mentiras, verdades y sentimientos que pasan fugaces en nuestra juventud sin ser apenas conscientes de ellos, sin tener idea de lo importantes que son en su propio presente, de lo mucho que podrían significar para nuestra vida futura. Pocas veces nos damos cuenta de cómo se nos escurren entre los dedos y solo es con el paso del tiempo que les damos el valor que merecen, que nos arrepentimos de no habernos agarrado fuertemente a ellos y empezamos a elucubrar con el "y si hubiera...".
El paso de Ricardo por Dublín no es solo el testimonio de cualquier joven que se va con veinticinco años al extranjero y tiene que ganarse la vida al tiempo que crea un nuevo círculo social e intenta adaptarse a un entorno que le es completamente desconocido... es recordar lo que tuvo al alcance de la mano y dejó escapar por inmadurez, por egoísmo, por falta de compromiso, por querer beberse todo lo que tenía al alcance de la mano sin pensar en las consecuencias de sus actos. Los acantilados de Howth que dan título al libro tardan en cobrar sentido como frase definitoria de la historia que encierra. Lo esperas, esperas el momento en que delimiten qué significan esos acantilados en la vida de Ricardo. Y cuando llegan, cuando ves que suponen el principio y el final para él, el momento en que se da cuenta de lo que tiene y justo el momento en que paga por sus errores, comprendes que es un título magnífico para el libro porque es en ese instante donde se condensa y explosiona el peregrinaje de Ricardo a lo largo de todas sus páginas: estaba perdido cuando creía que se comía el mundo y sigue perdido ahora cuando el mundo le come a él.

No puedo terminar sin resaltar la conversación que gira en torno a las hermanas Brontë, ya no solo por la agradable e inesperada sorpresa que supuso para mí encontrarme con ella en la narración ni por lo mucho que dice del personaje que la protagoniza, sino porque me sentí muy identificada. No llego hasta ciertos puntos que se narran en la historia, pero soy de esas... soy de las que se va a otros países siguiendo la estela de los autores clásicos que ama y que abandona las tierras que ellos pisaron con la piel de gallina. La historia ya me estaba encajando en muchos aspectos, pero creo que fue ahí donde hizo el click absoluto.

En definitiva, en Acantilados de Howth nos encontramos con un personaje real que vive una vida real y comete errores reales. Nada de artificios, nada de imposturas, nada de rizar el rizo. Situaciones reales, vivencias auténticas y un personaje que podría ser cualquiera de nosotros en sus zapatos, acompañado de una serie de personajes que en algunos casos nos pueden resultar más ajenos pero que no dejan de cumplir su cometido (en el lado femenino además de una forma muy marcada... Ula e Isabel no podrían ser más diferentes). No pretendo decir que sea un libro perfecto, tiene sus altibajos, pero es de esos libros que te invitan a quedarte con lo que te aportan obviando un poco todo lo demás, que encierran una de esas historias que tienen ese algo especial que te hace empatizar con ellas y sentirte identificado en muchos aspectos. También admito que probablemente no todo el mundo conecte de igual manera con lo que se narra, pero leí este libro hace ya unos meses y no me ha hecho falta abrir sus páginas ni una sola vez para hacer la reseña y recordar todo lo que quería decir sobre él. Supongo que eso resume un poco mi sentir general hacia esta historia.

Muchas gracias, Inquilinas.


Si quieres leer la reseña original, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Mil dolores pequeños, por Pablo Escudero Abenza

Editorial Baile del Sol. 140 páginas. 1ª edición de 2016.

En junio de 2016 coincidí con Pablo Escudero Abenza (Orihuela, 1984) en el bar-librería Vergüenza ajena de Madrid. La editorial Baile del Sol había organizado una presentación conjunta con los autores que acabábamos de sacar libro con ellos. Pablo presentaba su novela Mil dolores pequeños y yo mi libro de relatos Koundara. Acabamos charlando e intercambiando libros. Creo que más que el hecho de acabar de publicar un libro, nos unió la circunstancia de que, en aquel momento, ambos éramos profesores de matemáticas en secundaria.

Pablo Escudero mantiene un blog literario llamado Cuentos pendientes. En el verano de 2016 publicó allí una reseña sobre Koundara. Un año más tarde, dentro de mi campaña a favor de poner orden en el deslavazado montón de libros que suponen mis lecturas pendientes, me he acercado al fin a Mil dolores pequeños.

En Mil dolores pequeños, la historia nos la cuenta un narrador innominado que sufre una extraña dolencia: «La memoria y el olvido son selectivos. Eso desde luego. Eso como mínimo. La mía no, por supuesto. Mi memoria nunca aprendió a filtrar ni a olvidar» (pág. 34). Durante unas horas al día, nuestro particular «Funes el memorioso» tiene que acudir a una clínica llamada Museo del Olvido y la Memoria, donde le tratan de sus problemas. Allí, como terapia, los médicos le piden que escriba sobre sus recuerdos.

En la dedicatoria que me firmó Escudero el día de la presentación se refiere a su novela como «esta sarta de mentiras». Creo que una tentación que puede tener el lector al acercarse a este libro es pensar que se trata de una novela autobiográfica. Por lo poco que sé del autor, me doy cuenta de que algunas características del narrador coinciden con las suyas: ambos estudiaron Ciencias Físicas, son de una ciudad de provincia y escriben relatos con los que han ganado algún premio.

La novela está dividida en sesenta y ocho capítulos, que no suelen ser muy largos. En ellos, el narrador va enlazando recuerdos, que en muchos casos se convierten en pequeños relatos. Éstos tienen que ver principalmente con su entorno familiar (sobre todo con el padre y el abuelo) y con los compañeros del colegio (el chico especial, el chico más guapo de la clase…), o con personas con las que se cruza en el metro, en la calle o en las clases de la facultad (Caperucita, Gómez Salto…).

A través de estos recuerdos o digresiones de la historia, el narrador va desgranando algunos de los momentos más significativos de su infancia, adolescencia o primera juventud, que se sitúan principalmente (aunque no sólo) en la década de 1990. Así, se evocan desde los desaparecidos videoclubs hasta los niños de Chernóbil que visitaban España durante unas semanas de verano.

Se juega al contraste con la figura del padre: mientras el narrador no puede olvidar nada, el padre está perdiendo la memoria; o mientras que el padre es alguien que corre muy rápido, el hijo siempre es el último chico de la clase en una carrera.

El narrador siempre ha querido ser escritor. Aquí debemos enfrentarnos a una paradoja en la construcción de la novela. En la página 39 leemos: «Yo quería ser escritor pero los médicos me lo prohibieron. Mi mente no podía soportar tanto tráfico. Al principio quizás, cuando era más joven, pero ya no. (…) Me mareaba cuando terminaba un relato. Me caía desmayado en cualquier parte». Ahora, sin embargo, son los mismos médicos que le prohibieron escribir relatos los que le piden que escriba sobre sus recuerdos. Esta escritura, ejecutada en la clínica de la Memoria, sin la esperanza de que nadie se acerque a ella, constituiría la novela que el lector tiene en las manos.

La primera frase del libro invita a la extrañeza: «Mi padre sabía volar». Es un truco que ejecuta durante los cumpleaños de la infancia del narrador. Dentro del contexto de una narración realista (salvo por el detalle del Museo del Olvido y la Memoria), este dato, al que se vuelve de forma reiterada en el libro, parece tener principalmente una carga metafórica y no literal. Abunda en Mil pequeños dolores el recuento de las derrotas cotidianas, en las que el padre (en paro, clínicamente deprimido y que gana algo de dinero gracias a la escritura de reseñas literarias) suele ser uno de los máximos exponentes en este Museo de la Derrota y la Pérdida, que constituyen las páginas de la novela.

«No suelo caer en la nostalgia», nos dice el narrador en la página 32. El mundo que se evoca y refleja aquí, es cierto, no está idealizado; más que caer en la nostalgia, lo que hace nuestro narrador es caer en la melancolía. «Tantos recuerdos me han inoculado al fin la tristeza», leemos en la última página del libro.

Nunca se nombra la ciudad de provincias original del narrador, ni se dice cuál es la ciudad a la que se ha marchado a estudiar Ciencias Físicas, en la que los viajes en metro se convierten en una de sus principales rutinas, pero yo he supuesto, por inercia, que se trataba de Orihuela y Madrid.

La narración no sigue un orden lineal; en cada capítulo, los hechos evocados pueden ser nuevos o también se puede volver sobre escenas ya mostradas antes y completarlas o narrarlas desde otros ángulos (esto ocurre sobre todo cuando se habla del padre, del abuelo o de alguno de los compañeros de clase). Muchos de los pequeños motivos narrativos que se pueden leer en estas páginas tienen que ver con el arte o el deporte; algunos de los capítulos hablan de natación o fútbol, pero también de músicos y escritores. Aquí, destaca la figura del albanés Ismaíl Kadaré; el tema albanés acaba tomando importancia narrativa en la historia. Las apreciaciones de Escudero Abenza sobre las realidades que muestra pueden ser en algunos casos típicas, como cuando se habla del chico gordo que era el portero del equipo de fútbol o del ambiente varonil de las peluquerías de caballeros a las que empieza a ir a los diez años, pero muchas otras (la mayoría) son apreciaciones bastante originales de la realidad; en este sentido, me han gustado las notas sobre las inundaciones que sufría su barrio cuando era pequeño, o el tema narrativo ‒como ya he comentado‒ en que se acaba convirtiendo Albania: sus escritores y deportistas, su política…

Dentro de un tono sencillo, pero marcadamente melancólico, se tiende a la página poética (de hecho, más de uno de los capítulos cortos se podrían leer como poemas en prosa), no exenta de un particular sentido del humor: «Seguramente la siguiente moda estúpida será la de blanquearse los huesos para que brillen más en las radiografías», leemos en la página 61.


En la contraportada, para emparentar el libro con otros en los que se ha podido inspirar el autor, se citan dos: Yo recuerdo de Joe Brainard y Me acuerdo de Georges Perec. Son dos libros que no he leído, pero sí he hojeado. En más de una ocasión, la escritura morosa y evocadora de Escudero Abenza me ha recordado al Ray Loriga de Lo peor de todo o Héroes, pero ignoro si se trata de una referencia válida para alguien nacido en 1984.


La pega que se le puede poner a un libro como Mil dolores pequeños es que, al estar construido como un conjunto de recuerdos aparentemente deshilvanados, no tiene demasiada tensión narrativa. Imagino que Escudero Abenza no quería escribir una novela con tensión narrativa, para la que se requieren otro tipo de planteamientos. Él ha escrito una novela ‒sobre el fin de una juventud humilde‒ poética, nostálgica y evocadora, con algunas digresiones muy originales e imágenes potentes, que se lee siempre con agrado.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara en la revista Oculta

La poeta y novelista Ariadna G. García publicó en la revista Oculta una reseña de mi libro de relatos Koundara. La dejo aquí:



Estamos cambiando de periodo histórico, económico y social. Occidente ha entrado en una nueva etapa. Europa vive una crisis sin parangón desde los años 30. El desempleo, el auge de los nacionalismos y precariedad actuales parecen invocados como demonios que no fueron bien exorcizados. Los escritores –algunos, al menos–, tienen –tenemos– puesto su punto de mira en las transformaciones que esta crisis está generando. De ahí, que regresen con fuerza la narrativa realista y la distópica, hermanadas por su espíritu crítico. Hablo de novelas como Cenital, de Emilio Bueso (2012); La trabajadora, de Elvira Navarro (2014); Inercia, de quien escribe (2014); Los valientes, de Roberto de Paz (2015); La gran ola, de Daniel Ruiz García (2016); y Cuando todo era fácil, de Nando López (2017). Me refiero a libros de relatos como Contratiempos, de Pilar Tena (2014) o el que nos ocupa hoy: Koundara, de David Pérez Vega (2016). Con estos libros los lectores pueden auscultar el pecho de su época, pues trasladan al papel los mundos que sospechamos, pero que nuestra sociedad –pensada para el consumo y la satisfacción de los deseos– nos impide ver. No obstante, para eso escriben sus obras los autores, para hacernos mirar en dirección opuesta a los anuncios, la telebasura y el discurso político de autocomplacencia. Estos títulos describen cómo los recortes de la administración incrementan la sensación de fracaso colectivo, cómo la clase obrera ha perdido derechos con la nueva reforma laboral, cómo las mujeres y los hombres que han acabado en el paro deben reinventarse para sobrevivir, cómo se ha abierto un abismo entre los sueños de juventud y los logros de adultez, cómo el mercado laboral se ha vuelto despiadado, cómo miles de españoles preparan la maleta del exilio, o cómo la incertidumbre, el miedo y la frustración se han enquistado en la ciudadanía.
Koundara es el primer libro de relatos de David Pérez Vega (1974), profesor de Economía y de Matemáticas, y autor de las novelas Los insignes (2015), El hombre ajeno (2014) y Acantilados de Howth (2010); de los poemarios El bar de Lee (2013) y Siempre nos quedará Casablanca (2011); así como de un sinfín de reseñas que ha ido publicando o bien en su blog (Desde las ciudad sin cines) o en la Revista Eñe. Con la excepción de la última novela, todas sus obras han visto la luz en Baile del Sol, una editorial prestigiosa, alternativa, que lleva veinticinco años dando a conocer nuevas voces de la literatura española.
El libro lo integran siete relatos organizados en dos secciones («Los viajes» y «Bajo determinadas circunstancias»). Me han gustado mucho cuatro de ellos: «Koundara», «Maestro», «Cazadores» y «Tetras de ojos rojos». Sin embargo, voy a comenzar mi reseña por los tres restantes.
«Acrópolis» tiene un arranque sorprendente (el gerente de una empresa abandona, con precaución y nervios, la nave donde trabaja, por temor a un atraco), pero la abrumadora retahíla de datos que ofrecen –a continuación– narrador y personajes frena la historia. Las intervenciones de los interlocutores, por otro lado, son demasiado largas, lo que resta credibilidad a los diálogos. Así y todo, me gusta el sentido del relato, si bien no su construcción: la mirada nostálgica hacia el pasado donde el protagonista sentía una seguridad que ahora le falta.
«La balada de Upton Park» toca un tema interesante y actual: la emigración de españoles por culpa de la crisis. El prólogo promete una entretenida historia de terror, pero el relato que lo sigue frustra enseguida las expectativas de los lectores. El desarrollo de la historia es lento por la profusa aparición/desaparición de personajes, y por la meticulosidad con que describen escenas al margen de la trama principal.
«Quitasol» es un relato anodino, en el fondo y en la forma; que desmerece al lado de sus compañeros. Y es que dentro de la colección hay cuatro relatos realmente muy buenos. A saber:
«Koundara» tiene el atractivo de la localización espacial (Guinea Conakry); de unas descripciones muy plásticas, de gran poder evocador, que apelan a cada uno de los sentidos («El olor es lo primero en África; un olor carnal, igual que una gasa invisible sobre el cuerpo. Nada más bajar del avión, una presencia de cuero y sudor rancio»); de la sutil ironía a la que recurre el autor para criticar la actividad que desarrolla la Iglesia en Koundara (escolarización en sus centros únicamente de estudiantes ricos), así como de los privilegios de los que disfrutan sus representantes (instalación de tendido eléctrico y suministro de agua); el último aliciente del relato descansa en la aparición de personajes a los que estamos poco habituados (monjas que conducen todoterrenos de aspecto militar).
«Maestro» destaca por el tema: la denuncia de las precarias condiciones laborales en las que realizan su trabajo los maestros y profesores de un colegio privado (para el nivel de bachillerato) y concertado (para las etapas de primaria y secundaria). El narrador nos relata los esfuerzos de la dirección del centro por despedir a docentes con contrato indefinido, por minar su moral completando su horario con asignaturas para las que no están cualificados, por presionar al claustro para que los estudiantes aprueben sin abrir un libro, o por colocar a dedo a un representante sindical afín a sus intereses. Se nota que Pérez Vega conoce el oficio desde dentro.
«Cazadores» se sustenta en una estructura muy bien trabajada, donde varios relatos se insertan unos dentro de otros, como en las antiguas colecciones árabes de cuentos. Dos hombres divorciados se citan en un restaurante chino para cenar, y en la conversación se confiesan en qué momento se percataron de que sus matrimonios no les satisfacían. Este segundo estrato de la historia, que gira en torno a un perro, desemboca en un tercer recuerdo del protagonista, esta vez situado en un bar de Malasaña. Esta nueva charla con otro amigo, gemela a la de la historia-marco, sirve para rememorar un lance de la infancia en la facultad de Veterinaria de la Complutense, donde experimentó el horror de ver animales amputados y agonizantes. Estos flashback freudianos nos perfilan a un personaje inseguro, temeroso de los hombres que conforman su mundo. De ahí que el desenlace del relato nos reconforte.
«Tetras de ojos rojos» es el texto más lírico –simbólico– de las siete piezas. Su fuerza radica en la espléndida caracterización psicológica del personaje principal, la madre de un alumno diagnosticado con TDA (Trastorno por Déficit de Atención). Relatada, ahora, por un narrador omnisciente, la obra pasa revista a las emociones que Mónica padece tras entrevistarse en varias ocasiones con el tutor del chico y luego con éste: ira, desconcierto, desconsuelo, impotencia, miedo, furia, decepción. Pérez Vega, de nuevo, recurre a su experiencia docente para añadir al retrato del personaje la pintura de los obstáculos que dificultan la concentración de los adolescentes de hoy: los videojuegos, internet, el móvil y la televisión. Un acuario de peces servirá de remanso de las pasiones, banco de pruebas de madurez, y de metáfora de la extrañeza incómoda que siente una madre cuando asiste a los cambios de sus hijos. La incorporación de los diálogos al texto me parece una fórmula acertada, pues dota al texto de agilidad.
En resumen, Koundara es un buen libro de relatos, con cuatro piezas excelentes en las que el autor demuestra que tiene oficio, domina la técnica y posee una aguda mirada para observar el mundo. David Pérez Vega radiografía nuestra sociedad para ofrecernos un mosaico de personajes entre los treinta y los cuarenta años cuyas vidas, lejos de estar asentadas, zozobran en la incertidumbre. Raro será que los lectores no se identifiquen con alguno de ellos.

Muchas gracias, Ariadna.


Puedes leer la reseña original pinchando AQUÍ.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La acústica de los iglús, por Almudena Sánchez.

Editorial Caballo de Troya. 155 páginas. 1ª edición de 2016.

Coincidí con Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) en los estudios de Gestiona Radio una tarde de septiembre de 2016. Ambos habíamos sido invitados por Antonio Martínez Asensio para hablar de nuestros libros en su programa. Estuvimos conversando en la sala de espera y acordamos enviarnos nuestros libros de cuentos. En aquel momento, creo que ni la propia Almudena se imaginaba el buen recorrido que tendrían sus «iglús». Ahora que me siento a escribir esta reseña ya van por la séptima edición; La acústica de los iglús ha debido de convertirse en el libro de relatos mejor vendido del año en España.

Yo he podido leer al fin (tenía demasiados libros acumulados) la primera edición del libro dedicada por la autora. Siempre me gustan estos detalles.

Para hablar de esta recopilación de diez cuentos y unas 150 páginas, he decidido establecer una división un tanto aleatoria: voy a tratar los cinco primeros como si fuesen un bloque y luego hablaré de los otros cinco. Los cinco primeros ocupan unas 100 páginas y los cinco restantes unas 50; así que, ya de entrada, podemos apreciar que los primeros son cuentos más largos.

La señora Smaig es el primer cuento. En él encontramos ya una serie de elementos que van a ser esenciales en la poética de Sánchez: La señora Smaig está narrado en primera persona por una voz femenina que suele ser una niña o bien una chica joven. Las voces narrativas de los cinco primeros cuentos, sin ser la misma, están fuertemente emparentadas.
En el primero, la narradora nos hablará del periodo que estuvo encerrada en un hospital al comenzar su adolescencia («Me inyectaban morfina, calmantes y antibióticos entre paredes muy blancas»: pág. 14).
Uno de los recursos que se utilizan en estos relatos, con intenciones poéticas, es el de la enumeración de cosas en apariencia incoherentes. Así, en la página 14, podemos leer: «Con tantas inyecciones y medicinas, se me olvidaban cosas básicas, como por ejemplo: el método para resolver una ecuación, la diferencia entre verdura y hortaliza, el nombre de mi profesor de griego o la risa de mi hermano Nico». El tercer cuento se llama Apuntes desde la bóveda celeste: en él, una chica ha de aceptar un trabajo que consiste en viajar al espacio para recoger basura cósmica. Puedo extraer de este cuento otro ejemplo de lo que estoy comentando: «En cuatro meses he capturado: una sanguijuela, una pata de jamón, varias plumas de pájaro ‒intuyo que son de avestruz‒, una ventosa, una tuerca hexagonal, una peluca albina (¿pertenecerá a Luis XVI?), las púas de un cactus, una bombilla fundida, una máscara de gas y un chicle de mora, aplastado» (pág. 55).

Otro recurso muy utilizado en estos relatos es apelar a una afirmación sorprendente o extraña, que implica una «verdad» dentro del particular mundo de la narradora: «Lo peor sucede así, cuando estamos yendo a algún sitio y no acabamos de llegar» (pág. 17); o en la página 62: «Las peores tragedias suceden en habitaciones de hotel».

También se apela mucho al surrealismo: «En uno de mis bolsillos creció una planta abominable. Percival la alimentaba con sus moscas muertas, cargadas de nutrientes» (pág. 35).

Las jóvenes narradoras de los cinco primeros relatos son chicas (adolescentes o jóvenes, como ya he apuntado) desnortadas, que escriben desde el aislamiento, la incomprensión del mundo y la extrañeza de la vida.
El escenario en el que se sitúan las historias implica incomodidad y disconformidad: un hospital (o manicomio) para La señora Smaig; una furgoneta, que la madre conduce por Inglaterra durante meses con la narradora y su hermano Percival, en El frío a través de los engranajes; una pequeña nave espacial para una única persona en la que recoger basura espacial en Apuntes desde la bóveda celeste; un hotel impersonal en el que una familia se recupera de un divorcio en El nadador del Hotel Minerva; una exigente escuela de piano en El arte incrustado.

Estos cinco cuentos, que –como ya apunté– ocupan los dos primeros tercios del libro, me han gustado. Me han parecido originales; en ellos, Almudena Sánchez consigue imprimir a sus narradoras una particular voz propia muy poética.

Hablemos ahora del segundo bloque de cuentos, los cinco últimos, que ocupan el último tercio del libro. El primero de ellos es Eclipse y su primera página la he usado como frontera de mi particular división del libro, porque enseguida me llamó la atención una diferencia en el comienzo frente a los cinco anteriores: está escrito en tercera persona. Habla de una pareja de ancianos que viven en un pequeño pueblo y que deciden gastar sus ahorros en viajar, ahora que consideran que les queda poco tiempo de vida. El mundo propuesto en este cuento es algo apocalíptico: «La Tierra comenzaba a convertirse en un páramo de residuos industriales» (pág. 95); o «Fuera del hogar, tanto en las ciudades como en el campo, el mundo se había transformado en un cráter bastante doloroso: cada día las autoridades alertaban de un grave incendio, huracán o epidemia a la vista. No se podía salir de casa, ni siquiera para comprar arroz. Los días en calma, que eran pocos y humeantes, se podía viajar» (pág. 97); o bien: «Debido a que los vehículos de transporte tradicionales se habían quedado obsoletos y se incendiaban con el aire abrasador de la ciudad, se había inventado el teleférico, que funcionaba con un motor blindado» (pág. 99). Esta ciencia-ficción poética (a lo Ray Bradbury) tiene bastante encanto, y Eclipse es también un cuento original.

De los cuatro últimos destacaría El triunfo humano, sobre dos amigas que se embarcan en un crucero, en el que la narradora no acaba de pasarlo bien. De nuevo, como en los cinco primeros relatos, nos encontramos con un escenario incómodo. Este cuento me ha recordado en su planteamiento a El arte incrustado, ya que ambos hablan de la relación entre dos mujeres (o niñas en el segundo caso) y los dos me parecen más ajustados en el lenguaje, en el uso del surrealismo poético, a otras propuestas. Los dos me gustan.

Hay tres cuentos en el segundo tramo del libro: Compostura: la línea imaginaria, Cualquier cosa viva e Introducción al relámpago que me han parecido inferiores al resto. Me parece que, en ellos, Almudena Sánchez repite propuestas ya mostradas en cuentos anteriores a una escala menos lograda.


En general, de los diez cuentos de La acústica de los iglús hay siete que me han gustado bastante, que me han parecido escritos con un hálito de poesía surrealista muy atractiva. Son cuentos originales y con una voz propia. El peligro, como apuntaba en el párrafo anterior, de este tipo de propuestas es caer en la repetición. Por eso, habrá que estar atentos a los próximos libros de Almudena Sánchez para saber qué camino decide tomar. A día de hoy, lo que debemos hacer es celebrar la aparición de una nueva e interesante voz en el vivo contexto del cuento en castellano. Enhorabuena, Almudena, por este libro.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Reseña de Koundara en La pajarera

La escritora María Toca Cañedo, a la que conozco de Facebook, publicó esta reseña de Koundara, en su web literaria La pajarera.



«A veces nos envían libros, algunos se reseñan, los más se descartan por falta de interés o calidad literaria. Se me entienda, no quiero que piensen que vamos de eruditas y de críticas literarias, que no. Lo que sí ocurre es que letraheridas viejas, sí somos. O sí soy. Y cuando un libro no se me cae de las manos durante horas y aprieto otras funciones para volver a él, algo tiene. O mucho. O bastante. Eso pasó con  Koundara. El escritor y bloguero literario, del que me confieso seguidora virtual, David Pérez Vega, ha escrito hace tiempo este libro de relatos y (dice él) que se ha vendido poco. En este país vender libros, si los haces con amor, trabajo y sin tener plataformas detrás o capacidad de halago a críticos “oficialistas” es muy duro.  Por eso, creo que es injusto, muy injusto que esta pequeña joya no se divulgue más y lo disfruten con el justo placer que lo hice yo.
Son varios relatos, cotidianos, de vidas sin relumbrón, casi diría de andar por casa. Mayoritariamente son historias de profesores o de alumnos…aunque el que da nombre al libro se desarrolle en Costa de Marfil y Senegal, es igual, porque los aconteceres, son cotidianos.  La gente que puebla Koundara, puede ser usted o yo. La maestría del escritor es dar con el tono que nos cose a la lectura, que nos lleva a considerar al personaje cara conocida y nos cuesta abandonarle. Todo eso es Koundara.  Les aconsejaría que no perdieran de vista a mi querido David para que le espoleemos a que publique más. Y pidan Koundara en su librería, háganse ese favor.»

Muchas gracias, María.


Se puede ver la reseña original pinchando AQUÍ.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Un acontecimiento excesivo, por Javier Avilés

Editorial Rango finito. 145 páginas. 1ª edición de 2016.

Siempre he disfrutado mucho de El lamento de Portnoy, el blog literario de Javier Avilés (Barcelona, 1962), que comenzó su andadura en 2004. Además de ser, a estas alturas, uno de los blog decanos de la crítica literaria en internet, se ha convertido también en ese lugar cibernético en el que uno puede leer algunos de los comentarios sobre libros más brillantes que existen en la red.
Conocí a Javier Avilés en persona en marzo de 2012. Los dos habíamos sido invitados a un encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid. Me cayó muy bien; como es fácil de suponer, es una enciclopedia de literatura. En algún momento pensé leer Constatación brutal del presente, su primera novela, que fue publicada en 2011 por la editorial Libros del silencio, pero al final se me pasó.

Hacia finales de 2016 me escribió un mail Raúl Navarro, que se presentaba como fundador de una nueva editorial llamada Rango finito. Me informaba de que iba a comenzar su aventura publicando Un acontecimiento excesivo, la segunda novela de Javier Avilés, y me pedía una dirección postal para enviarme el libro si quería leerlo. Me apeteció apoyar su iniciativa y acepté el envío. Me he puesto con Un acontecimiento excesivo a finales de junio, mientras acababa el curso académico en el colegio donde trabajo.

«Aquí será donde aparezco por primera vez, saludando afablemente, explicando mi situación, descartando muchas cosas, lamentando la irrelevancia tanto de mi presencia como de mi discurso». Con esta frase comienza la novela. Como podemos ver, en Un acontecimiento excesivo existe una voz narrativa autoconsciente de su función, que aparecerá y desaparecerá de forma imprevista del texto.

Las calles de una ciudad, que puede cambiar de forma de un día a otro, son recorridas en fila india por una serie de personajes: un mendigo, una doctora, un marinero, un hombre con un bastón, un niño japonés (a veces) y un hombre con un maletín. En la página 68 podemos leer sobre Un acontecimiento excesivo: «Su argumento podría resumirse así: un grupo de personas caminan por una ciudad vacía en la que los edificios no tienen puertas. En ocasiones son cuatro personas; en otras, cinco; en otras parece adivinarse una presencia fantasmal; a veces aparece un niño. Los motivos de su peregrinaje no están justificados y se adivina mediada la proyección que no llegarán a ninguna parte». Un poco más abajo, en la misma página, leemos: «Por una extraña elección del director los personajes parecen difuminarse dentro de la ciudad y convertirse en estereotipos indefinidos, incluso yendo más allá, en meros soportes para unos diálogos intrascendentes».

Los personajes deambulan por la ciudad, y en ocasiones bajan a los sótanos de sus subsuelos. Se alimentan de los productos envasados que extraen de unas máquinas expendedoras. En la página 116, el narrador reflexiona sobre la esencia del realismo: en tono de broma nos dice que no ha hablado de las necesidades fisiológicas de los personajes: «Hay tantas cosas que aún no se han dicho y ya no se dirán. Por ejemplo el asunto de las necesidades fisiológicas. De acuerdo, coloquemos cabinas y retretes portátiles en cada esquina en la que se detienen a descansar, del mismo modo que colocamos las máquinas expendedoras. ¿Es eso realismo?».
En otras ocasiones, se reflexiona sobre la propia esencia del concepto de narración o de novela: «Si somos congruentes y dotamos de explicaciones coherentes a los detalles de la trama, una exigencia que no me siento obligado a satisfacer (…).» (pág. 77) o en la página 87: «Tendemos a buscar un significado, exigimos que las historias que nos cuentan tengan significado y si éste ha sido pervertido somos capaces de encontrar otro».

Los personajes a veces tienen que evitar el «magma negro», un «flujo entrópico imparable» que se mueve por las calles de la ciudad cambiante. Este detalle me ha recordado al cuento Gelatina de Mario Levrero. La comparación es pertinente hasta cierto punto: las escenas oníricas o surrealistas que describe Avilés en su libro podrían recordarnos a las de algunas páginas de Levrero, pero Levrero siempre dibuja escenas nítidas, escenas que, por extrañas que sean, el lector puede «visualizar»; en ellas existe una continuidad temporal, algo que no ocurre en este libro. «A cayó a un río. Nadó y a muchos kilómetros de distancia pudo llegar a la orilla. Allí se encontró con un duende. Éste le pidió dinero, y al no tenerlo A echó a correr y se metió en un túnel, iluminado por antorchas. Al fondo se oía una canción»: así podría narrar Levrero. Su fantasía es visual; en cambio la de Avilés es imprecisa. El lector puede imaginarse algunas escenas, pero éstas mutan y no tienen continuidad ni importancia compositiva. De repente, se narra un descenso al subsuelo de los personajes y, sin más explicaciones, se da paso a una reflexión sobre el paso del tiempo o sobre una película de Stanley Kubrick. En la página 48 leemos: «Toda esta larga perorata sobre nada carece de sentido».

Algunas imágenes o ideas se van repitiendo en el texto de forma recurrente. Por ejemplo, se suele recordar la presencia en la ciudad de unos perros que ladran a lo lejos. En este sentido, el tono alucinatorio de Un acontecimiento excesivo me ha recordado a la prosa lisérgica del William S. Burroughs en El almuerzo desnudo.

Además de la fila india de personajes que enumeraba antes, existe en el libro la presencia del comisario I, que ve películas en las que (¿tal vez?) se cometen asesinatos. Alguna escena violenta se deja entrever en el texto, con la presencia de cuchillos, pistolas y algunas otras armas, aportando una sensación de amenaza y misterio que no se acaban de concretar.

He hablado de Levrero y Burroughs y tal vez la presencia más importante en este libro sea la de Thomas Pynchon. Sé que Avilés es un gran admirador de libros como El arco iris de gravedad o Contraluz. Yo no he leído estas novelas, pero, por lo que sé, me atrevo a enunciar la posibilidad de que Avilés escriba bajo su influjo.

Ya he comentado que El lamento de Portnoy me parece uno de los blogs de literatura más brillantes que se pueden encontrar en la red, y la prosa de Avilés en Un acontecimiento excesivo me resulta rica e inteligente. Sus reflexiones sobre el hecho narrativo son irónicas y su deseo de dinamitar las premisas bajo las que se suelen escribir novelas me parece legítimo. Dicho esto, he de apuntar también que a mí me resulta excesivo leer sobre personajes que deambulan por un escenario desdibujado sin objeto, sin continuidad lógica en las escenas propuestas, saltando de un pensamiento a otro. ¿Para qué escribir una novela si no se cree en la idea de novela? Si el juego es tratar de que el lector no se acomode en ninguna lógica, que no sienta empatía ni reaccione ante los personajes... ¿para qué leer? Si las escenas propuestas se borran en la mente del lector según se van dibujando... ¿con qué aliciente seguir? He leído con interés algunas de las páginas escritas por Avilés, apreciando la finura de la prosa, y también me ha ocurrido que dos páginas más tarde he sentido perfectamente que el texto me expulsaba de la página y los renglones se hacían refractarios a mi mirada. He tenido que forzarme a terminar el libro, y me ha parecido una pena porque Javier Avilés me cae muy bien y me parece estupendo que alguien tan entusiasta como Raúl Navarro funde una nueva editorial.


Todo esto me lleva a reflexionar sobre el hecho narrativo y lo que significa ser un buen lector, como lo es Avilés: llega un momento que cuando lees una novela puedes percatarte de todos sus trucos narrativos y de cómo funciona la construcción de personajes… Puedes explicar perfectamente todo esto a terceros. Entonces, quieres escribir con ironía para dinamitar los convencionalismos del género. Al final, lo que consigues es tener una no-novela, un texto sin personajes interesantes, sin trama, sin continuidad temporal. Creo que no leemos para percatarnos de lo inteligentes que somos, sino para volver a ser niños, para que alguien nos encandile con un cuento. Lo divertido no es que nos expliquen los trucos de magia, sino poder regresar a la infancia y dejarnos fascinar por un buen mago, aunque sepamos que nos está engañando. Yo lo que quiero es volver a sentir la emoción que experimenté al leer La isla del tesoro, no que alguien venga a decirme que nunca existieron piratas como aquéllos.