miércoles, 26 de abril de 2017

Unos poemas de Guillermo Nadal, del poemario Zero summer

Guillermo Nadal (Palma, 1972) es doctor en filosofía por la Universitat de les Illes Balears y hace unos años que ejerce como profesor de literatura en distintos institutos de secundaria de la isla. Sus poemas comenzaron a publicarse en varios números de la revista La bolsa de pipas



Guillermo Nadal acaba de publicar un poemario titulado Zero summer en la editorial Sloper. Dejo hoy aquí algunos de sus poemas:


Mira, vámonos, las espigas blancas
ya brillan y parecen pinceles chinos
que estaban ocultos en las mangas
de los invisibles funcionarios de la noche.

La fresca tinta de la luna huele a hierba.

No, no quiero que inspiremos a nadie,
narcotizados sobre un papel en blanco,
corriendo sin salida por el pabellón de celdas
de los caracteres de ningún lenguaje.





Leda guarda el fuego
juntando las alas.
Somos 
la aliteración del amor.

Así vibran 
las últimas palabras
del dios 
en sus plumas.





Per tactum
intrinsecum
el amor 
es el único lugar
donde las palabras
pueden tocarse.





Los niños ya han salido de la escuela hacia el futuro 
haciendo mucho ruido con sus trolleys, 
una gaviota acaba de volver de allí muda
y con una mancha negra en las grandes cuchillas de sus alas.
Seguimos hablando mientras por tu espalda
veo acercarse suavemente a la noche
parpadeando despacio, como agradeciendo nuestras palabras.
Todavía vas con el uniforme del colegio puesto, 
pero dile al oído lo que le sucederá 

al toffee del futuro en la lengua del origen.

domingo, 23 de abril de 2017

La casa en el límite, por William Hope Hodgson.

Editorial Cátedra, letras populares. 267 páginas.
Primera edición de 1908; ésta es de 2016.
Edición y traducción de Jesús Jiménez Varea.

Después de haber descubierto la colección Letras populares de Cátedra gracias a Gestarescala de Philip K. Dick, libro que solicité a la editorial y que ésta me envió para que lo comentara, estuve curioseando por su página web. Me pareció que La casa en el límite de William Hope Hodgson (1877, Blackmore Ende, Gran Bretaña-1918, Ypres, Bélgica) me podía gustar. Se lo solicité a la editorial y también me lo enviaron. Muchas gracias.

De Hodgson había leído dos cuentos: Demonios del mar y Una voz en la noche, que aparecían en Una antología de cuentos de terror en el mar, un magnífico libro para los amantes de los cuentos de terror, publicado por Valdemar. El segundo cuento lo volví a leer en otra de las antologías de Valdemar: Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. En la primera antología, me pareció que la voz de Hodgson destacaba. De hecho, Valdemar ha publicado un libro con todos sus cuentos de terror en el mar titulado Los mares grises sueñan con mi muerte, que más de una vez he pensado leer.

A la novela le anteceden unas cincuenta páginas, escritas por Jesús Jiménez Varea (que también es el traductor), que hablan de la vida de Hodgson y analizan su obra. Las dejé para el final y comencé directamente con la novela. A ésta la acompañan sesenta y una notas que se pueden consultar en quince páginas finales. Las notas son muy curiosas: explican al lector algunas costumbres de la época, la relación de Hodgson con los escenarios elegidos en su novela, alguna idea física de las fantasías propuestas por el autor e incluso aclaraciones sobre algunos problemas de traducción.

La casa en el límite comienza con dos amigos que, en 1877 (el año de nacimiento del autor), han decidido pasar una semana pescando en un riachuelo de una remota región del noroeste de Irlanda (en esta zona, nos contarán las notas, el padre de Hodgson, pastor anglicano, fue enviado para evangelizar a los nativos católicos, con los que tuvo más de un enfrentamiento). Los lugareños los mirarán con recelo. Siguiendo la corriente del río llegarán a un lugar extraño, donde parece haber un jardín de árboles frutales abandonado y una casa derruida al borde de un abismo. «¡Qué agreste lugar, tan lúgubre y tenebroso!», leemos en la página 81 y «El abismo, tal como lo describió Tonnison, parecía, más que cualquier otra cosa, un pozo o un foso gigantesco que se internaba directamente en las entrañas de la Tierra», en la página 85. Entre las ruinas de la casa encontrarán un libro manuscrito, algo destrozado en su parte central, que se llevarán a su campamento para leerlo. El manuscrito se titula La casa en el límite. Este primer capítulo está contado en primera persona. En el segundo, el lector se acercará a otra primera persona, el antiguo habitante de la casa. El manuscrito empieza así: «Soy un hombre viejo. Vivo en esta casa antigua, rodeada por unos jardines enormes y descuidados» (pág. 88). Este hombre vive en la casa junto a su hermana, que ejerce de ama de llaves, y su perro, Pepper. En el manuscrito se propone relatar algunos hechos sobrenaturales que le han acontecido en la casa. Primeramente se describe un viaje astral, en el que el narrador se enfrentará a una serie de deidades que han sido adoradas por antiguas civilizaciones de la Tierra (Kali, la diosa hindú de la muerte; el dios egipcio Set, o Seth, el Destructor de Almas…). Al lector de libros clásicos de terror, este viaje a través de las estrellas puede recordarle a las historias propuestas por H. P. Lovecraft y sus primordiales. Según se explica en las notas, La casa en el límite la leyó el propio Lovecraft cuando ya había escrito los relatos principales de su ciclo de terror cósmico. En cualquier caso, Hodgson parece un antecedente claro de Lovecraft.

Después de este primer viaje astral, el narrador empezará a recibir en la casa la visita de unos extraños seres con forma de cerdos erguidos. Me ha gustado leer en el prólogo una denominación de la escritora Farah Mendlesohn sobre este tipo de narraciones: las llama «fantasías de intrusión» (pág. 45). Las páginas del libro en las que se describe el ataque de estos seres (que en apariencia provienen de un pozo cercano a la casa) y la defensa que ejerce el narrador me han parecido las más divertidas del libro. Tienen todo el encanto de las revistas pulp de la época. En una de las notas se cuenta que el escritor de fantasía Terry Pratchett señala que una de las posibles explicaciones de la novela es que el narrador esté loco y que su relato sea una fantasía. Esto se vería justificado porque, cuando le ve con una escopeta, dispuesto a defender la casa del ataque de los seres porcinos, su hermana se encierra en su cuarto, temerosa de él. Para Pratchett, La casa en el límite es su novela de horror favorita. Habla de ella en estos términos: «Olvidaos de los vampiros y los derramamientos de sangre (…), aquí es donde empiezan los gritos de verdad, en el vacío exterior, donde nadie puede oírlos. Fue el Big Bang de mi universo privado como lector de ciencia ficción/fantasía y, más adelante, como escritor» (pág. 54).

Después de este ataque se incrementa el deseo del narrador de averiguar qué está ocurriendo. Para ello no dudará en descolgarse por el pozo del que parecían provenir los seres porcinos. En la narración se justifica que el personaje no huya del lugar porque, en las visiones que tiene, allí ha empezado a aparecer un amor de juventud y quiere que eso se repita. O tal vez no huye de la casa porque está loco. El personaje de la hermana queda bastante desdibujado en la historia.

Hay una parte de la novela, que posiblemente sea la más famosa, que a mí me gusta menos: aquella en la que se describe un viaje astral en el que el narrador acaba contemplando el fin del mundo, porque llevará en sus viajes a un momento del tiempo en el que la luz del sol ha dejado de brillar. Se cita aquí como influencia La máquina del tiempo de H. G. Wells. Esta parte de la novela recuerda la recreación de visiones de mundos fantásticos de Lord Dunsany o de H. P. Lovecraft, como La búsqueda en sueños de la ignota Kadath. En este tipo de historias, la descripción de un mundo maravilloso prima sobre la creación de una verdadera atmósfera de terror, y yo las disfruto menos que una narración clásica de terror con ribetes pulp. En cualquier caso, estoy de acuerdo con el crítico de literatura de terror S. T. Joshi cuando señala que La casa en el límite está constituida por una serie de interludios de horror, pero falla como novela unificada. Para él, el relato del viaje del narrador hacia el futuro y la contemplación de un mundo acabado es «una de las mejores secuencias de la literatura de horror». Ya he comentado que yo no soy de los que disfrutan especialmente con estas fantasías descriptivas, en las que el narrador siempre parece acorazado ante los peligros que describe.

Me ha gustado mucho la lectura final del texto introductorio de Jesús Jiménez sobre la vida y la obra de Hodgson, que con trece años se enroló en un barco como grumete, permaneció diez en alta mar, dando varias veces la vuelta al mundo, y después se ganó la vida como escritor de narraciones de género para las revistas de la época. Para Hodgson, los relatos eran alimenticios y de lo que más orgulloso estaba era de sus cuatro novelas. Las páginas en las que se resume el argumento de su novela The Night Land son maravillosas de puro delirantes; parecen uno de esos relatos que introducía Roberto Bolaño en sus narraciones cuando hablaba de escritores descalabrados. Hodgson, ya con cuarenta años, se empeñó en participar como voluntario en la Primera Guerra Mundial y murió en Bélgica en 1918.


La casa en el límite es una narración extraña, con páginas muy divertidas, otras muy líricas y muy diferentes a las anteriores, en las que se rompe la unidad novelística y que pueden desconcertar al lector. Como ya he señalado, yo he disfrutado más de unas partes que de otras, y me ha gustado mucho la introducción a la vida y la obra del autor. Una narración, en sí misma, fascinante. Me está apeteciendo cada vez más leer Los mares grises sueñan con mi muerte, volumen que recoge todos sus cuentos de terror en el mar. En cualquier caso, La casa en el límite es uno de los clásicos de terror moderno que gustará, por ejemplo, a los lectores de H. P. Lovecraft.

domingo, 16 de abril de 2017

Por último, el corazón, por Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016.
Traducción de Laura Fernández Nogales

Si la semana pasada hablaba de Resurgir (1972), la segunda novela de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), hoy comentaré su última novela, Por último, el corazón, que apareció en 2015, y por tanto más de cuarenta años después de Resurgir. Solo he leído, por ahora, estas dos novelas de Atwood, pero he estado buscando información sobre ella, y creo que Por último, el corazón se asemeja en mayor medida a sus libros más famosos que Resurgir. Como ya conté la semana pasada, me estaba interesando conocer la obra de esta autora canadiense, y le solicite Resurgir a la editorial Alianza y Por último, el corazón a la editorial Salamandra. Con amabilidad y diligencia, ambas me hicieron llegar sus libros; muchas gracias por ello.

A Stan y Charmaine, una pareja de treintañeros, la crisis económica les ha llevado a perder su casa y tener que vivir en un coche. Cuando duermen en él, no deben bajar la guardia ya que pueden sufrir el ataque de «los mosquitos, las bandas y los gamberros solitarios» (pág. 13). Aún tienen algo de dinero para comer y para la gasolina porque Charmaine trabaja como camarera en un bar decadente. «Han aparecido unos cuantos propietarios de coches tirados en la gravilla: apuñalados, con la cabeza aplastada, desangrados hasta morir. Ya nadie se preocupa por esos casos, por investigar quién lo ha hecho, porque eso conllevaría tiempo y sólo los ricos se pueden permitir tener policía.» (pág. 28). La realidad que plantea Atwood al comienzo de la novela se parece mucho a la de una novela distópica sin llegar a serlo, porque la verdad es que, en principio, todo lo que se cuenta aquí podría estar ocurriendo ahora mismo ahí fuera.
Si en Resurgir me llamó la atención cómo la autora destacaba la personalidad canadiense frente a la norteamericana, en esta novela no se habla para nada de ella, y todo apunta a que está ambientada en Norteamérica, con personajes norteamericanos. En la página 19 se nos informa de que Stan y Charmaine proceden de «la zona nordeste del país», y si yo al principio (tras mi lectura de Resurgir) había supuesto que se refería a Canadá, la lógica de la novela lleva a considerar que se trata de Estados Unidos.

Stan y Charmaine van a tener la oportunidad de unirse al Proyecto Positrón, que parece especialmente diseñado para rescatar de la calle a personas como ellos. Para que en la actualidad un trabajador manual estadounidense resulte competitivo es necesario que su sueldo se reduzca a la mínima expresión; es decir, solamente será productivo si de forma voluntario acepta convertirse en un esclavo, o bien en un preso que en la cárcel trabaja tan solo por el alojamiento y la comida. Como no se pueden conseguir todos los presos que serían necesarios para que la economía reflote, desde el Proyecto Positrón han tenido la siguiente idea: crear una ciudad cerrada, con dos partes, la zona residencial (llamada Consiliencia) y la cárcel. Cada mes los habitantes de la cárcel y la zona residencial cambiarán sus roles. Existen muchas reglas en Consiliencia, entre ellas que el contrato que firman los participantes en el proyecto les vincula a él para siempre, no se pueden comunicar con el mundo exterior y tampoco pueden establecer contacto con sus «alternos», que son las personas que habitan en la casa de uno mientras los primeros inquilinos están en la cárcel. Al principio todo parece ir bien para Stan y Charmaine. Vuelven a poder tener la nevera llena y dormir en una cama. Es cierto que la música, las películas y la parafernalia de Consiliencia remiten a la felicidad edulcorada de la década del cincuenta del siglo XX norteamericano y que a Stan no le gustan las canciones de Doris Day, pero ésta parece una pequeña incomodidad respecto a la vida en la calle que han dejado atrás.
Como el lector ya habla supuesto, el ideal que presenta la vida en Consiliencia se acabará rompiendo para Stan y Charmaine, pero su rechazo a los principios del Proyecto no será obvio ni rápido. Cuando el relato se acerca a los pensamientos de Charmaine podemos leer apuntes como los siguientes: «No ocurría nada malo en Consiliencia. Lo terrible estaba en el exterior; por eso se habían metido allí, para escapar de aquello.» (pág. 169); y cuando el lector se acerca a los pensamientos de Stan: «No es que la libertad y la democracia le importen una mierda, pero a él no le han servido de mucho.» (pag. 227).

Por último, el corazón es una novela política, pero ‒y aquí se establece un matiz importante‒ no solo es una novela política. El nombre de Consiliencia hace referencia a la unión de dos conceptos: «concesión» y «resiliencia». No es una elección inocente la de Margaret Atwood. Uno debe hacer concesiones para salir adelante, y además ha de pensar en positivo; es decir, ha de ser «resiliente», un término que se ha incorporado al vocabulario empresarial durante la última década. Ya sabe usted, hay que ser positivo y por tanto resiliente ante lo que no nos gusta (aunque pueda tratarse de abusos de nuestros derechos básicos), porque de lo contrario usted se convertirá en una persona tóxica para sus compañeros y el sistema. Quejarse no es propio de resilientes, sino de débiles. ¿Quién necesita un sindicato o un comité de empresa pudiendo ser positivo y resiliente? Por último, el corazón, en una primera instancia, se puede leer como una crítica a los dogmas neoliberales del emprendimiento y el deseo de culpabilizar al pobre por los abusos que sufre. Pero la novela acaba rompiendo las expectativas del lector, al menos del que yo era como lector novato de Atwood. Al haber leído solo un libro de la seriedad de Resurgir, y saber que Atwood es una admiradora de escritores como George Orwell, me esperaba que después del primer capítulo del libro, de corte dramático, la novela se iba a convertir en un duro alegato en contra del liberalismo económico y del control por parte del Estado, pero, lo curioso, es que la novela avanza hacia otros derroteros, que me han resultado un tanto inesperados. Por último, el corazón si bien empieza como una distopía política se acaba convirtiendo en una comedia negra sexual, no exenta en cualquier caso de crítica al sistema, pero la crítica se hace más amplia que a la meramente política, y acaba siendo una crítica tanto al sistema capitalista como a la explotación sexual y al control mental, derivados en gran parte del juego de roles sexuales.

Por último, el corazón está escrito con un estilo desenfadado. Su lenguaje recrea, en gran medida, los pensamientos de los personajes, mediante el recurso del estilo indirecto libre, y así la narradora va alternado capítulos contados desde el punto de vista de Stan con los del punto de vista de Charmaine. En esta prosa fluida ‒no exenta de pensamientos brillantes‒ abundan los vulgarismos y también las preguntas retóricas que los personajes, siempre en un estado de incertidumbre perpetua, se lanzan continuamente a sí mismos.

Por último, el corazón también es una novela de ciencia-ficción, y no solo por su dibujo de la nueva polis neoliberal, sino por su descripción de un mundo lleno de robots sexuales y de operaciones mentales que pueden conseguir que una persona ame para siempre a otra.


Ya he comentado que Por último, el corazón ha roto con mis expectativas de lector, porque me esperaba una lectura tensa y oscura del estilo de La carretera de Cormac McCarthy y me he encontrado, en cierto modo, con eso, pero también con muchos más caminos narrativos inesperados. Lo cierto es que me costaba creer que una escritora de setenta y seis años en el momento de publicación de este libro pudiera escribir de un modo tan desenfadado, punzante y humorístico sobre nuestro mundo y tener las intuiciones que muestra sobre el futuro cercano. He llegado tarde a Margaret Atwood pero estoy dispuesto a enmendar mi error. Me apetece bastante leer obras como El cuento de la criada y Oryx y Crake. En una de las bibliotecas que frecuento prestan las dos. Si usted no tiene tanta suerte y también siente unos grandes deseos de profundizar en la obra de la gran escritora Margaret Atwood, sepa que está de enhorabuena: la editorial Salamandra se ha propuesto rescatar sus libros descatalogados en España y publicar todas sus obras. Muchas gracias por su labor, editores de Salamandra.

domingo, 9 de abril de 2017

Resurgir, por Margaret Atwood

Resurgir, de Margaret Atwood.
Editorial Alianza. 252 páginas. 1ª edición de 1972; ésta es de 2008.
Traducción de Gabriela Bustelo.

Imagino que cuando en 2008 le concedieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), ya había leído alguna reseña sobre cualquiera de sus libros en los suplementos culturales. Recuerdo que me gustó una entrevista que le hicieron en un periódico español sobre el Príncipe de Asturias, en la que hablaba de cómo surgió su pasión por la literatura tras leer de niña Rebelión en la granja de George Orwell. Esta novela la leo cada año con mis alumnos de primero de bachillerato. En aquella ocasión, en 2008, llevé el periódico a clase y les leí las palabras de Atwood sobre Orwell.

También recuerdo la reseña que en 2010 publicó el crítico de El Cultural Nadal Suau sobre El año del diluvio, en la que mostraba un gran entusiasmo hacia la obra de Atwood, aunque la comentada en ese momento no fuese su novela favorita. Desde entonces tenía en mente leer a esta autora. Incluso a mí me resulta extraño no haberme acercado a su obra hasta 2017 (para compensarlo, la estoy leyendo por partida doble: nada más terminar Resurgir he empezado Por último, el corazón).

Resurgir es la segunda novela de Atwood, y apareció en 1972, cuando ya había publicado ocho poemarios. Al buscar información sobre ella en internet, descubrí que el prestigioso (y polémico) crítico norteamericano Harold Bloom había incluido Resurgir en su leído y comentado ensayo El canon occidental. La novela la ha publicado en España Alianza Editorial, se la solicité y la editorial tuvo la amabilidad de enviármela a casa.

Resurgir comienza con un viaje en coche. La narradora, junto con sus amigos David y Anna, que son pareja, y su actual novio, Joe, se dirige a la remota región del norte de Canadá. Allí, su padre vive en una isla, en medio de un lago. Hace tiempo que la narradora no ve a su padre y un vecino de un pueblo cercano le ha avisado de que hace semanas que nadie sabe nada de él. Ha desaparecido. La narradora, que no aún no ha debido de cumplir treinta años («Él es mayor que nosotros, tiene más de treinta años», nos dice la protagonista en la página 92, hablando de David), no solo tiene miedo a enfrentarse a la posible muerte de su padre (la otra opción sería que se ha vuelto loco y se ha internado en el bosque), sino también a su pasado. En el pueblo y en el lago tendrá que recordar su niñez, el tiempo que vivió en una casa perdida en medio de los bosques de Canadá, junto a sus padres y un hermano.

La novela se sustenta sobre un misterio: ¿qué ha pasado con el padre de la narradora? ¿Está muerto? ¿Se ahogó en el lago? ¿Se volvió loco y deambula por el bosque como un animal? Sin embargo, aunque el hecho de la desaparición del padre permite el avance narrativo del libro, como si de una novela policiaca se tratase, resolverlo no es el objetivo fundamental para Atwood, que parece más empeñada en analizar la sociedad canadiense de la época (posiblemente de finales de los 60), su relación con el medioambiente, con Norteamérica y, sobre todo, la posición de las mujeres en la sociedad.

Si bien los cuatro amigos pueden pasar por los clásicos hippies de ciudad, la narradora se encargará de ir desentrañando lo que se esconde bajo sus ropas desenfadas, su pelo largo y sus eslóganes antiamericanos. Me ha resultado sorprendente descubrir que un hippie canadiense de los años 70 (que es el tiempo de publicación de la novela, 1972), pudiera temer realmente la invasión de Estados Unidos. En cualquier caso, los norteamericanos no salen muy bien parados en esta novela. Siempre se los asocia con la destrucción del medioambiente ‒la pesca indiscriminada, el maltrato animal, el abandono de desperdicios…‒ y la arrogancia vacía.

Margaret Atwood es una escritora bien conocida por defender las causas ecológicas y feministas. Esta novela es una buena muestra de sus ideas discursivas. En el lago del norte de Canadá, tras los pasos de su padre, la protagonista vivirá un personal resurgir desde la angustia de la ciudad (donde se siente oprimida, en muchos casos por figuras masculinas) hasta la libertad de los bosques. «A mí me molesta ser humana», escribe la narradora en la página 173 al contemplar el cadáver de una garza que algunos visitantes de la zona (posiblemente norteamericanos) han clavado en un árbol, seguramente por diversión. El capítulo 14 termina con los personajes tratando de dormir en la cabaña del lago. Así dice el último párrafo: «El corazón me daba botes, me quedé quieta, traduciendo los ruidos del otro lado de la pared de lona. Chillidos breves, crujidos de hojas secas, gruñidos, animales nocturnos; no había peligro». Al lector le queda claro que el «peligro» procede de los humanos.

Ya he comentado que los personajes son hippies; Atwood clava una irónica mirada sobre ellos que roza la caricaturización. Por ejemplo, el personaje de David dice en la página 119: «Deberíamos montar una colonia, vamos, una comunidad, aquí arriba, juntarnos con más gente, huir de la familia urbana nuclear. Este país no estaría mal si pudiéramos echar a los jodidos cerdos americanos, ¿eh? Entonces podríamos tener algo de paz». Tras los aparentes deseos de pacifismo, de abrazo al arte y a la naturaleza, de rechazo de la vida burguesa convencional, parece latir otra clase de burguesía que tiene que ver, principalmente, con el deseo masculino de mantener los roles de dominación machista; y el amor libre no será, en consecuencia, más que el deseo masculino de dominar a su antojo a cuantas mujeres le plazca.

La narradora arrastra el trauma de un matrimonio fracasado con un hombre que, bajo su punto de vista, la obligó a casarse y a tener un hijo que no deseaba, y (tal vez) un aborto. Este tema del hijo y el aborto no me ha quedado muy claro, porque a veces Atwood juega a la ambigüedad expresionista.

El estilo es denso y, como ya he comendado, rico en el uso de analepsis, con el objetivo de ahondar en el análisis del pasado de la protagonista. Me ha sorprendido que, hacia el final, la narración se volviera cada vez menos realista, algo que tiene que ver con la evolución de la psique de la narradora, o tal vez con una leve vertiente fantástica del relato (no quiero desvelar demasiado sobre esto).

Algunos detalles narrativos me han desconcertado: por ejemplo, la narradora empieza a hablar sobre algo o alguien, pero el lector no sabe a quién se refiere. Utiliza un «él» que puede referirse tanto a su padre como a David. En muchas ocasiones, esto me ha provocado una sensación de texto quebrado, una incertidumbre lectora que imagino que será buscada.


Resurgir retrata muy bien una época que he visto reflejada en otras novelas norteamericanas, pero con la particularidad de tratarse de una novela canadiense (y desde luego, para un canadiense su realidad no tiene nada que ver con la de un estadounidense). La voz narrativa es potente, honda y dolida. Los temas expuestos ‒ecología, machismo social y diálogo con el pasado‒ son interesantes y constituyen un ramillete de obsesiones narrativas que definen bien el imaginario de la autora. Sin embargo, por lo que he leído en internet, tengo la impresión de que Resurgir no es la obra más representativa de su autora, puesto que posteriormente ha incursionado con éxito en el campo de la especulación científica (creando varias distopías) y sus novelas se han abierto a una temática menos convencional. Ahora mismo voy por la mitad de su última novela, Por último, el corazón, y la distopía que propone me parece más seductora que Resurgir. Eso no quiere decir que Resurgir sea una mala novela, sino que la autora, a pesar de su indudable talento, aún no había desarrollado toda su personalidad creadora. La próxima semana hablaremos de Por último, el corazón.

domingo, 2 de abril de 2017

Física familiar, por Jon Bilbao.

Editorial Salto de Página. 171 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que, de los libros publicados en 2016, aún me faltaba por leer Estrómboli de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), a pesar de que presentía que era un libro que me iba a gustar, como al final así fue. Una vez que acabé Estrómboli, me apeteció seguir con Bilbao, puesto que tenía en casa Física familiar, la cuarta de sus colecciones de relatos. Física familiar lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2014, un día que estaban en la caseta de Salto de Página Jon Bilbao, que me lo dedicó, y su editor Pablo Mazo. Creo que no lo leí de forma inmediata, algo que habría sido natural, porque en aquel momento ya era un gran admirador de sus dos colecciones de relatos publicadas hasta la fecha (Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa). Compré Física familiar pensando que era el «nuevo libro de relatos de Jon Bilbao» y luego descubrí que en realidad estaba formado, en gran parte, por piezas ya publicadas, en más de un caso con anterioridad a los dos libros que cito.

Física familiar se abre con tres relatos largos, que, como el autor apunta en una nota final, constituyeron su primer libro de relatos publicado, con el escueto título de 3 relatos (editorial Nobel, 2006). El titulado Física familiar es el primero. En él, Bilbao nos narra los entresijos que configuran la convivencia de una pareja. Si éste es el primer cuento que publicó el autor, podemos afirmar que en él ya estaba definido su estilo: un fraseo parco, que en su deseo de captar el detalle fino no elude la imagen poética. En primer plano se narra una historia que tiene que ver en parte con la violencia (en este caso un accidente de tráfico) y en segundo plano el lector descubre aspectos ocultos de la vida en pareja de los personajes, abundando en el uso de la analepsis narrativa. Quizás aquí, con la presencia simbólica de una tarta, he sentido, más claramente que en otros cuentos, la influencia de Raymond Carver (lógicamente pensé en la narración Parece una tontería).
El segundo cuento, Preludio y consecuencias de un encuentro nocturno ‒en el que aparece un perro violento‒ me ha parecido una primera versión del relato Soy dueño de este perro, aparecido en el volumen Bajo el influjo del cometa.
En Pequeñas imperfecciones nos encontramos con otro relato sobre las pulsiones subterráneas de una pareja.

De estos tres primeros cuentos, me llama la atención que no aparezcan citados los lugares donde transcurren las historias. El lector los lee como si estuvieran situados en España, pero no hay ningún apunte al respecto. Esto supone un contraste con los relatos de Estrómboli, ya que en la mayoría de estos últimos el paisaje físico en el que estaba situada la acción (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda…) acababa convirtiéndose en un personaje más. Me han gustado estos tres cuentos iniciales. No al nivel de los contenidos en Estrómboli, pero es cierto que en ellos se reconoce perfectamente el buen hacer de Bilbao.

En la segunda parte podemos leer cuentos aparecidos en antologías de relatos.
En Paso a paso hasta el final del día, un hombre regresa al pueblo de su infancia para enterrar a su padre. Como había leído antes de empezar el libro la nota final, ya sabía que este relato había aparecido en una antología de relato fantástico, de modo que ya suponía que el realismo de lo leído en los tres anteriores habría de quebrarse en algún momento. Lo hace, pero de una manera muy sutil (podemos encontrarnos aquí, al estilo Henry James, con un cuento de extraterrestres o de locura). Me ha gustado bastante.
No me gusta, sin embargo, el relato siguiente, titulado Un anexo al génesis. Un relato ajeno al universo creativo de Bilbao, una narración descriptiva de un mundo fantástico sin presentar personajes concretos.
Con un número de páginas similar al anterior (bastante inferior a la media de un relato de Bilbao), sí que me gusta bastante Prueba de amor. De nuevo, volvemos al tema de las parejas y los hilos ocultos que las mueven.

Me ha gustado Horror a bordo del Boris Butoma, un cuento que apareció en la antología Rusia imaginada (Nevsky Prospects, 2011), ambientado en la Rusia más polar. Recuerdo que, en esta misma antología, había un cuento de Óscar Esquivias, que leí en su libro Andarás perdido por el mundo, y que también me pareció bastante bueno.

En la tercera parte del libro podemos leer tres relatos inéditos. Podríamos suponer que son posteriores a los aparecidos en Como una historia de terror (2008) y Bajo el influjo del cometa (2010); pero, como en general me parecen de un nivel algo inferior a la media de estas colecciones, puedo aventurar que quizás se trate también de descartes de los libros anteriores.

Un viejo con suerte podría ser un relato arquetípico de Bilbao: en él asistimos a la relación que existe entre dos parejas jóvenes, en un momento en que un elemento exterior provoca que se muestren las pulsiones violentas que llevan dentro. Es un buen cuento, pero creo que en los relatos de Estrómboli se conseguía una mayor emoción; el lector acababa conociendo mejor a los personajes que aquí.

En El becerro de Lego Bilbao se acerca al cuento de terror. Esto me gusta, sobre todo teniendo en cuenta que uno de los primeros cuentos suyos que leí fue precisamente Como una historia de terror, y que yo asociaba a Bilbao con cierta querencia por la temática pulp. Además, aquí el autor ensaya un nuevo enfoque narrativo: el del género epistolar. La historia sobre unos niños siniestros que desean el mal para sus padres consigue resultar bastante inquietante.

El eremita me ha sorprendido porque, sin esperarlo, Bilbao nos propone en él un cuento histórico, ambientado en la guerra entre el persa Ciro y su hermano Artajerjes II. Un cuento que muestra la violencia más descarnada. Es un cuento raro dentro de la producción del autor.


Entre Estrómboli y Física familiar me quedo con el primero, un libro más maduro y redondo que éste. Y si alguien no ha leído a Jon Bilbao y quiere acercarse a él, desde luego no le recomendaría empezar por Física familiar. Este libro es para los lectores que, como yo, pensamos que Jon Bilbao es uno de los mejores escritores de relatos actuales de España, que ya hemos leído Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Estrómboli y queremos más. Si Jon Bilbao fuese un músico de rock, Física familiar sería su disco de rarezas y caras B. A mí también me gustan los discos de rarezas y caras B de, por ejemplo, Nirvana. Física familiar es un libro para admiradores de Jon Bilbao; lo bueno es que, sin estar a la altura de sus demás colecciones de relatos, no defraudará a sus lectores.

jueves, 30 de marzo de 2017

Una lectura argentina de mi novela Los insignes

Cuando la editorial Sloper (dirigida por Román Piña Valls) me publicó la novela Los insignes, una sátira sobre el mundillo poético español, uno de los interrogantes que me suscitaba la novela era pensar si podría gustar a personas a las que habitualmente no les interesaba la poesía o la escritura creativa, que parecía ser el nicho de mercado principal de un libro como éste.
Me agradó comprobar que había personas que no leen o escriben poesía que podían disfrutar con el libro, al fin y al cabo una novela sobre las frustraciones cotidianas, que bien pueden ser artísticas pero también laborales o amatorias.

Lo que no había imaginado era esta situación: ¿cómo podría leer este libro una persona de otro país interesada por la poesía, pero que desconoce lo que se cuece en España?
Me ha resultado muy gratificante leer la crítica que hace de Los insignes la argentina Verónica Sotelo, alguien de otro país a quien sí le interesa la poesía.



Ésta es la reseña de Verónica Sotelo para la revista digital Tardes amarillas:


«La poesía es triste y solitaria y huérfana» (David Pérez Vega; Los insignes)

«¿Por qué lo hiciste?»

Hace pocos días, nuestro inefable director tuvo la "gentileza" de solicitarme la lectura de una novela que le enviaran desde España. Miré la portada y me quedé pensando en la razón. Generalmente, no es muy generoso a la hora de prestar sus libros y, para colmo de males, por esos días me había encargado la lectura de dos o tres obras con el oscuro fin de que escribiera una reseña, cosa que todavía sigue pendiente. ¿Para qué me pedía que lo leyera a la brevedad?
Comencé esa misma tarde y me quedé "prendida" hasta muy entrada la noche. Aunque parezca mentira, terminé ese libro en menos de quince horas (¿Será por aquello que se dice de que la «vida es mejor cuando te estás riendo»?) y al concluir su lectura supe (creo que ya lo sabía en la décima página) sus no tan oscuros intereses.

La mano viene así: Entre los cuatro pelagatos que hacemos Tardes Amarillas, una de las discusiones más frecuentes es acerca de la poesía (en general y en particular, por decirlo de algún modo). Tenemos miradas diferentes cuando evaluamos a quienes incluiremos o no en la revista. Como todos imaginarán, él con sus sesenta y cinco años tiene una concepción del hecho poético muy diferente a la que tenemos muchos jóvenes. Este libro que, entre otras cosas, es una parodia (¿sátira?) impresionante del ejercicio de la literatura en las redes sociales, me sirvió para comprender la mayoría de los cuestionamientos que tienen tipos como nuestro director, acerca de la que podríamos llamar "Poesía" en tiempos tan convulsos como estos del tercer milenio
Antonio es como los buenos sastres. No da puntada sin hilo; ya me había prestado alguna vez un libro de Conrado Nalé Roxlo titulado "La medicina vista de reojo" que explora el ejercicio de la medicina con ojos de humor; eso fue con el objeto de que comprendiese que muchas veces, los textos humorísticos, cuando contienen en su corpus la calidad necesaria y los elementos indispensables, también constituyen literatura (y de la buena). Sin embargo, este libro del español Pérez Vega, me ayudó mucho más que aquel que me prestara Antonio en dicha ocasión. Lo real es que, sobre aquel libro nunca pude ni quise escribir una reseña y sobre este sí.
Cuando terminé de leer el libro y le comenté que su estocada me había tocado, aproveché para preguntarle si le parecía correcto escribir una reseña sobre "Los insignes", me contestó que no... que no escribiera ninguna reseña. Me quedé sorprendida y un poco molesta por lo cual le pedí explicaciones. Cuando me las dijo, lo comprendí claramente pero decidí escribirla lo mismo porque presiento que más tarde o más temprano la terminará publicando. Sé que "Los insignes" lo dejó encantado (hemos conversado sobre eso) y sé también que se muere por ver una reseña de este libro en nuestro fanzine... Por eso lo hice.



«El amado líder supremo»

En el plano estrictamente literario, lo primero que quiero destacar es el argumento de la novela, algo que de por sí, resulta tan sorprendente por lo alocado, que a prima facie parece sencillo, pero se me ocurre que al autor le debe haber costado demasiado mantener una tensión permanente en la estructuración de la historia.
La conversación a través de Internet entre un poeta-bloguero de España y el líder norcoreano Kim Jong-un («Imaginación de escritor» diría el personaje "presta-libros") puede ocupar, sin dudas, un lugar en la literatura fantástica y, aunque parezca demasiado pretensioso de mi parte, creo que encubre una profunda crítica a la globalización en su sentido más estricto.
Sin necesidad de caer en falsos artificios, Pérez Vega construye cada capítulo con una precisión de relojero suizo y contando una historia lineal, al estilo tradicional, sin recurrir a esos recursos tan usados hoy en día (como la escritura fragmentaria y el flash back, por ejemplo). Las frases, las oraciones, es decir los elementos más importantes de la narrativa, estás dispuestos de tal manera que, cada idea, genera la necesidad de leer lo que sigue con una premura no habitual. ¿Cómo lo logra? Eso es lo llamativo. Las frases son tan sencillas y de tan fácil lectura que, probablemente, ese sea el quid de la cuestión.
Ahora bien... ¿Ese es su único objetivo? No... absolutamente no.



«El horror de las palabras atroces, el descubrimiento de la intemperie y el abismo»

Quienes hemos leído y quienes lean "Los insignes", nunca lo podremos saber con exactitud pero creo que Pérez Vega no solamente apunta contra el abuso de las redes por parte de una legión de pseudo-escritores. Creo que en realidad, lo que cuestiona es la banalización de la literatura toda, en un espacio en el que cualquiera tiene derecho a decir (escribir, en este caso) lo que se le ocurra sin que la inmensa mayoría de los usuarios cuiden la palabra o busquen lograr textos de valía. Pérez Vega, de manera no tan encubierta sino más bien explícita, se refiere a los "poetas" que demuestran escasa calidad en sus textos y que remedan, en alguna medida y desde el punto de vista sociológico, dos modelos opuestos de vejación de la poesía: Por un lado, los "aspirantes" a poeta, sobre todos aquellos más jóvenes (los de la Generación Millennials), que «...nunca han leído un buen libro de poesía ni una buena novela»... «que no saben lo que son las figuras literarias y desconocen las bondades de la métrica» que, en los grupos que conforman en las diferentes redes, apenas se diferencian de aquello que supuestamente critican y que, también supuestamente, quieren enterrar, las viejas "tertulias literarias" de siete u ocho señoras maduras y copetudas que se reunían una vez por semana a tomar el "five O´Clock tea" y leían sus producciones poéticas llenas de lugares comunes y sin ningún valor literario brindándose aplausos entre ellas. Pero va más allá y termina haciendo consideraciones acerca de los peligros que encierran las redes para el ejercicio del arte poético. Hasta llega a meterse con consideraciones que sin adornos, no son otra cosa que un análisis sociológico de la poesía actual, sin abandonar en ningún momento el humor y la picardía.
En el plano estrictamente retórico, cada una de las desopilantes conversaciones entre ambos, retrata con ojos de agudeza y desilusión (aunque parezca contradictorio) los nuevos modelos poéticos que, en definitiva, nunca sabremos si se deben a la propia globalización o a la necesidad de nuestros "cinco minutos de fama". ¿Será acaso «el poder de la globalización y la palabra»?
Reitero, las excéntricas charlas vía Skype entre Kim Jong-un y el calvo poeta español dicen bastante más de lo que uno puede imaginar en una primera lectura. Apuntan mucho más allá y terminan siendo un llamado a la reflexión. Y no se detiene aquí sino que hasta se da el lugar de dejar al desnudo la corruptela de algunos premios literarios (y aquí no puedo evitar recordar cuando hace pocos años las redes "echaban humo" debido a las críticas de todos los microficcionistas del mundo, entre ellos nuestro propio director, algunos de ellos con un enorme reconocimiento académico, por la concesión a un autor argentino de un espectacular premio de veinte mil dólares por un "microrrelato" que era un plagio hecho y derecho de un chiste popular en Estados Unidos, el que además incumplía con el reglamento que establecían las bases de "No ser copia ni modificación de otro texto conocido, de ser inédito pues ya se había publicado en un diario de Argentina y de no ser premiado pues en un concurso previo ya había obtenido el segundo premio).
Pero creo que me estoy desmadrando. Quiero volver a la novela de Pérez Vega.



«Las batallas perdidas por la poesía de antemano.»

Por el 2009, aproximadamente, Stephen Adams, corresponsal de Cultura del diario The Telegraph, de Londres, sostuvo que «La poesía, una de las formas de arte más antiguas de la humanidad, está disfrutando de un resurgimiento debido a Internet, según los mismos escritores.» «...En lugar de matarlo, las tecnologías modernas como el correo electrónico, los sitios de redes sociales como Facebook y los reproductores de medios en línea están ayudando a los poetas a llegar a nuevos públicos.» «La escena popular está creciendo ahora, con las lecturas de poesía en vivo cada vez más populares y más poetas que publican sus propios panfletos.»
¿Es cierto esto? Por supuesto que sí, pero la pregunta del millón es ¿Ha contribuido también a mejorar la calidad de la poesía que se escribe y se lee en las redes?
En la vereda opuesta a quienes aplauden el "resurgimiento de la poesía", la bloguera mexicana Avelina Lésper, crítica de arte, en uno de los artículos publicados en su página Web desacredita la "nueva poesía" cuando dice: «Es innecesario estudiar literatura, mucho menos preocuparse por lo elemental en sintaxis y ortografía, estorba el pensamiento profundo, para ser escritor basta con abrir una cuenta de Twitter. Marcel Proust dedicó 13 años para escribir "En busca del tiempo perdido" y la muerte dejó inconclusa su obra, un twitterazo se publica cada segundo, y con la recopilación de las ocurrencias cotidianas los autores publican libros más "acordes con el tiempo que nos tocó vivir".
Se me ocurre que, a mitad de camino, hay un punto de equilibrio. Digo, que las redes tienen beneficios y desventajas a la hora de permitir en su seno la convivencia de todos los "escritores" (poetas, narradores, microficcionistas, blogueros, twiteratos y todas las "razas" que conviven en ese espacio virtual) y que hay que ser un muy buen lector para diferenciar la paja del trigo
Aunque parezca una excesiva lisonja para Pérez Vega (Generación X) de parte de una "millennials", debo decir que este libro, me ayudó a comprender un poco mejor lo que hoy se publica bajo la denominación de "poesía". en cuanto medio virtual existe y existirá en los tiempos por venir y hasta en aquellos tradicionales, como el soporte en papel de libros, fanzines, opúsculos y otras formas.
Es en este punto, donde la novela de Pérez Vega entra en la categoría de "lectura obligatoria" porque creo que, además de brindarnos un excelente momento de rélax, sin alterar el ejercicio beneficioso del ocio a través de la lectura, nos arrastra, indefectiblemente, a la reflexión profunda y al replanteo de los valores artísticos de lo que leemos.
Lo mejor es que, este libro tan difícil de conseguir en Argentina (por ejemplo, muchos de mis amigos ni siquiera conocen al autor y la editorial Sloper, no estaba en los registros de las librerías más tradicionales de nuestro país), ahora sí se puede conseguirse a través de una tienda virtual muy difundida en las redes y a la que no mencionaré porque no acostumbramos incluir "chivos" publicitarios en nuestra revista.



«¿Qué sería de la poesía verdadera sin los poetas olvidados?»

El otro aspecto meritorio que tiene esta novela, es que con alguna de sus, aparentemente inocuas aseveraciones, nos está llamando a reflexionar acerca de lo indispensable de la lectura como paso previo a la escritura, sin la cual, cualquier texto, por gran talento que tenga el autor, terminará por carecer de valor. Si un poema nos produce rechazo por el mal empleo de la palabra escrita, la poesía solamente servirá como un acto meramente catártico y sin sentido que no producirá goce estético en el lector.
«¿Qué sería de la poesía verdadera sin los poetas olvidados?» se pregunta Pérez Vega. No he leído desde hace tiempo una indirecta más directa. Desde mi modesto punto de vista, esta es una gran lección... Lo que el autor nos está diciendo (o al menos así lo siento) es «Muchachos... El resguardo de la poesía, el reaseguro de la poesía, al amparo de la poesía, son los textos que han logrado trascender a todos los tiempos... tened cuidado, puede que vuestros escritos no trasciendan más allá del próximo lustro y hasta quizás del próximo año. Leed a los viejos, leed a los olvidados, leed buena poesía y así, probablemente algún día, podréis escribir textos que os trasciendan»
Estas reflexiones (absolutamente mías y escritas en lenguaje coloquial español ex profeso) no logran encubrir el equilibrio ya que Pérez Vega sostiene de manera enfática que, así como hay mucha poesía (y muchos autores) de poco valor, en la red, también podemos leer muy buena poesía escrita por jóvenes porque en definitiva la buena poesía no es una cuestión etaria sino una cuestión de talento, mucho trabajo, mucha dedicación y sobre todo mucha lectura.



«Prometo no olvidarlo nunca»

Aunque la palabra promesa suene azarosa en los tiempos actuales, tengo la certeza de que a este libro voy a volver (y más de una vez). Es de esos libros que no resultan ser "difíciles de olvidar" sino que NO se pueden olvidar. No solamente por los gratos momentos de su lectura sino por lo mucho que me ha enseñado en las dos veces que me sumergí en la historia, una de aproximadamente quince horas y la segunda un poco más medulosa, sin contar las veces que lo abrí para recordar un pasaje subrayado a lápiz por Antonio.
Este libro, deja marcas... Si me conceden licencia para comparar, deja estigmas que señalan de manera indefectible que cualquiera de nosotros que se haya visto atrapado por la novela, termina por participar junto a Pérez Vega en la pasión de la poesía.
Pues bien... de esto se trata; de descifrar los meandros del arte poético y comprender que, el ejercicio de escribir poesía no es algo tan banal como lo es la mayoría de los textos que leemos cotidianamente en las redes y que leer una buena novela que, además de arrancarnos sonrisas, nos haga reflexionar, es un ejercicio invaluable para el ocio y el goce estético.


Pinchando AQUÍ se lleva a la publicación original.

Muchas gracias, Verónica Sotelo.

domingo, 26 de marzo de 2017

Estrómboli, por Jon Bilbao

Editorial Impedimenta. 268 páginas. 1ª edición de 2016.

De Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) había leído hasta ahora los libros de relatos Como una historia de terror (2008) y Bajo el influjo del cometa (2010). Ambos me gustaron mucho. Como una historia de terror, que además fue el primer libro que leí de la editorial Salto de Página, me sorprendió de una forma muy grata. Cuando leí Bajo el influjo del cometa el impacto fue algo menor, y no porque el libro fuese inferior al otro, sino porque ya sabía hasta dónde podía llegar Bilbao escribiendo relatos.

Se habló bastante de Estrómboli en 2016. Estuve en abril en la librería Alberti cuando se presentó en Madrid. La verdad es que me apetecía bastante leerlo, pero lo he ido dejando hasta ahora, que ya nos hemos adentrado en 2017. Creo que he pasado por una temporada de solicitar demasiados libros a las editoriales, libros a los que acabo dando prioridad a la hora de leer, y eso provoca que otros, como este de Estrómboli, que lo compré, se acaben quedando un poco rezagados en mi lista de prioridades.

Estrómboli está formado por ocho cuentos, cuya extensión, en la mayoría de los casos, supera las treinta páginas. Ya he comentado alguna vez que me gusta bastante leer libros de relatos, pero que mis relatos favoritos suelen ser largos (por encima de las quince páginas), y Jon Bilbao escribe relatos justo de esa extensión, en la que da tiempo a desarrollar una historia, en la que interaccionan varios personajes y se desarrolla un conflicto sin el desarrollo temporal de una novela, que tanto me gusta. Sé que Bilbao es un gran admirador de John Cheever, un autor norteamericano que también se movía en esta paradójica distancia corta-larga de la que hablo y que a mí tanto me satisface.

Del primer cuento, Crónica distanciada de mi último verano, había leído unas cuantas páginas en la web de Impedimenta (ver AQUÍ), y desde el momento en que lo hice supe que más pronto o más tarde leería Estrómboli. Este cuento se desarrolla en Reno. El narrador, después de perder su trabajo en España, se ha trasladado a Estados Unidos para acompañar a su novia, que está realizando un doctorado en la universidad de Reno. Un día, en la lavandería del edificio en el que viven, sorprende a un motero trasnochado oliendo las bragas de su novia. Le grita y el motero reacciona riéndose de él. A partir de entonces el narrador empezará a ser acosado por el motero y sus amigos. La tensión está muy conseguida; es muy difícil no leerlo de un tirón. Un gran relato.

Me estoy acordando de la teoría del relato de Ricardo Piglia, esa que afirma que en un buen relato siempre se desarrollan dos historias: una evidente y otra que transcurre a un nivel más subterráneo. Crónica distanciada de mi último verano podría ser un ejemplo perfecto de esa teoría: en un primer plano nos encontramos con una historia de violencia evidente, la de la persecución de unos moteros al narrador, pero en un segundo plano, más escondido, Bilbao está hablando de la relación del narrador con su novia, que al final acaba siendo también una historia de violencia.
En gran medida, las narraciones de Bilbao tratan de las fuerzas ocultas que mueven las relaciones de pareja o familiares (relaciones entre hermanos, entre un padre y un hijo, etc.).

El segundo cuento, El peso de tu hijo en oro, es otro relato magnífico. En él, se indaga en la relación de dos amigos, que en vacaciones o durante los fines de semana, van a buscar oro a la cuenca de un río, y del peso que cobra en la relación la muerte accidental del hijo de uno el día que los acompaña al río. Es un cuento muy carveriano, muy intenso.

En Siempre hay algo peor nos trasladamos de nuevo a Estados Unidos. Esta vez el cuento se desarrolla en San Francisco. Más de uno de los cuentos de este libro están emplazados fuera de España (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda, la isla de Estrómboli…) y el escenario acaba convirtiéndose en un protagonista más de la historia. Sobre todo en los que se desarrollan en Estados Unidos, es notable la asimilación de la cultura cinematográfica o literaria norteamericanas por parte de Jon Bilbao. La violencia que se muestra en ellos es muy norteamericana, pero a diferencia de lo que hace, por ejemplo, el escritor Juan Carlos Márquez en los relatos de Norteamérica profunda, Bilbao no se atreve al juego completo: sus personajes, aunque desplazados hasta la otra punta del mundo, siguen siendo españoles y contemplan a los personajes extranjeros con una mezcla de sorpresa y asimilación exótica (es muy relevante, en este sentido, el cuento El castigo más deseado, que transcurre en Nueva Zelanda). Otro gran cuento, y creo que está empezando a dejar de tener sentido glosar así cada uno de ellos.

Como ya he comentado, los tres primeros cuentos de este libro son magníficos. Cualquiera debería estar en la antología más exigente del nuevo cuento español.
Quizás el nivel baja un poco en el cuarto y el quinto cuento. El cuarto se titula Una boda en invierno, y en él se intercalan varias voces narrativas. El recurso es nuevo, pues los demás cuentos o bien se desarrollan en primera persona, o bien la tercera persona está muy apegada al punto de vista de uno de los personajes. Una boda en invierno contiene más de una imagen sugerente y misteriosa, pero los conflictos mostrados no acaban de tomar vuelo.

El quinto relato, Como en un idioma desconocido, nos habla de un joven ingeniero que empieza a trabajar en una central nuclear y de los conflictos laborales (en realidad humanos) a los que debe enfrentarse allí. Bilbao es un gran constructor de cuentos, y se nota que se documenta bastante cada vez que va a escribir una de sus historias. En esta es posible que la recopilación de información sobre el funcionamiento de una central nuclear haya sido excesiva, y en gran medida los detalles técnicos acaban ahogando el relato, cuyos conflictos entre personajes son menos intensos que en otras ocasiones.

Avicularia avicularia me ha encantado. Es un cuento sobre un padre en paro que, a instancia de sus hijos y su mujer, acepta acudir a un programa de televisión sobre retos, donde acaba comiéndose una araña viva, siendo este insecto una de sus fobias infantiles. Me gusta que en este relato Bilbao retoma un elemento de sus primeros libros: el tono ligeramente pulp, el leve tono de terror.

El castigo más deseado que, como ya he comentado, transcurre en Nueva Zelanda, consigue cerrarse con una escena final ‒con los protagonistas entre tiburones‒ realmente poderosa.

Estrómboli, sobre un hombre y su amante que van a esta isla a buscar al hermano del primero, me ha gustado, pero algo menos que el resto de los cuentos más destacados del conjunto. Es posible que la narración del pasado de los protagonistas lastre un tanto el ritmo del cuento.

Hacía tiempo que no leía cuentos de Jon Bilbao y he disfrutado mucho al retomarlos. No recuerdo con exactitud todos los cuentos de sus dos primeros libros, pero creo que Estrómboli contiene algunas de las mejores piezas que ha escrito. El estilo, sin ser recargado, busca la precisión y la sencillez, pero no está exento de cierto lirismo.

Creo que los cuentos son largos porque en casi todos, mediante el recurso de la analepsis, se narra el pasado de los personajes. Imagino que, para más de un purista del cuento corto, esto debería ser sugerido y no mostrado de forma explícita, pero yo creo que gran parte de la fuerza de estas narraciones reside precisamente en que el lector, a lo largo de sus treinta páginas, acaba conociendo gran parte de (aunque no todas) las motivaciones de los personajes.


En 2016 leí Andarás perdido por el mundo de Óscar Esquivias, y ahora me he acercado a Estrómboli, posiblemente (al menos de lo que yo conozco) otro de los más grandes libros de cuentos publicados en España ese año, y puede que durante unos cuantos más.

domingo, 19 de marzo de 2017

Un silencio menos, entrevistas a Mario Levrero

Un silencio menos, conversaciones con Mario Levrero compiladas por Elvio E. Gandolfo
Editorial Mansalva. 213 páginas. Primera edición de 2013; las entrevistas empiezan en 1977
Prólogo de Elvio E. Gandolfo

Este libro lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2016. La mayoría de los libros que se ven en la Feria se pueden encontrar igual en las librerías convencionales, pero algunos no, como ocurre con el que nos ocupa. Casi todos los años viene a la Feria de Madrid un librero de Buenos Aires que vende solamente libros editados en Argentina (y quizás en Uruguay). Siempre visito su caseta y siempre le compro algo. Es un gran vendedor; si uno se descuida se podría acabar llevando toda la mercancía, ya que sólo vende libros imprescindibles. Es un librero que cree con tenacidad en su producto. Me encanta. En esta última feria quiso venderme la nueva edición de Las Varonesas de Carlos Catania. Conseguí sorprenderle cuando le conté que había leído la primera edición de ese libro y que había conseguido contactar con Catania y le había hecho, incluso, una entrevista. El tipo sabe calar a su público; enseguida descubrió que yo era un cliente al que le podía interesar un libro como Las Varonesas. Era una pena que no hubiese traído Lo imborrable de Juan José Saer. Le acabé comprando este libro de entrevistas a Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004), compiladas por su amigo Elvio E. Gandolfo.

Aquí se recogen veintiuna entrevistas que le hacen a Levrero, desde 1977 hasta su muerte, más otra que Levrero se hace a sí mismo, y que contiene alguna de las preguntas más certeras. Cuando comenté el libro de entrevistas a Philip K. Dick hice un resumen de cada una de ellas, pero en aquel caso eran sólo seis; aquí, al ser veintidós, el resumen pormenorizado me parece excesivo y voy a mostrar, simplemente, lo que más me ha llamado la atención:

Levrero llegó a escribir un tratado de parapsicología, tratando de articularla como una ciencia. Estaba obsesionado con los episodios de telepatía que creía vivir.
En 1966, Levrero, cuando tiene veintiséis años, descubre a Franz Kafka y se deslumbra. No sabía que se podía escribir así. Su primera novela, La ciudad, es un intento, dice, de traducir a Kafka al español.

Antes de 1966 ya había escrito novelas y relatos, pero todo lo había destruido. En ese momento se encontraba influenciado por la novela policiaca. A los quince años escribió una novela policial. Se la dejó leer a una sola persona, que la consideró excelente, pero él no se fió y la acabó destruyendo.

Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo se publicó en 1975 con el nombre de Jorge Varlotta, el verdadero nombre de Levrero, quien en realidad se llamaba Jorge Mario Varlotta Levrero. Levrero no sentía que este libro fuese una obra de Levrero y le pidió a los editores que le cambiaran el nombre. Estos acabaron tomando el «real».

Para Levrero sus obras (también las iniciales) son realistas, no le gustan las etiquetas de ciencia-ficción o de fantasía. En diversos planos de su psique él siente que su forma de interpretar el mundo es realista. «Yo nunca he escrito nada que no haya vivido. A ese vivido si querés ponele comillas. Las cosas que escribo las vivo interiormente. Más bien una literatura simbólica que mediante ciertos juegos intenta reproducir o traducir cierto tipo de movimientos interiores que no tienen correspondencia con un lenguaje» (pág. 70).

Muchas de las influencias de Levrero pertenecen a la cultura popular: las novelas baratas de detectives, las tiras cómicas, las historietas, la música de los Beatles o el tango, las películas, incluso llega a citar como influencias literarias a las mujeres o a las hormigas, y no parece tener ningún empacho en declarar que no ha conseguido pasar de la página 35 del primer tomo de En busca del tiempo perdido de Proust. Le gustan Kafka, Lewis Carroll y Raymond Chandler. De un escritor como Gabriel García Márquez aprecia Cien años de soledad, pero no El otoño del patriarca. De Pedro Páramo de Juan Rulfo le gusta sólo la primera mitad.

Cuando le preguntan por cuál de sus libros siente mayor predilección siempre cita su novela Desplazamientos, que fue la que peor acogida crítica tuvo.

Cuando, al principio de su carrera literaria, le relacionaban con Kafka o Carroll, también le empezaron a unir al grupo uruguayo de «los raros». De él, admira sobre todo a Armonía Sommers. Alguien le recomendó leer a Felisberto Hernández, y también le gusta, además de encontrar similitudes con su obra. Al principio no aprecia a Juan Carlos Onetti, pero le acabará leyendo como a un maestro.

Levrero muestra entusiasmo por La luz argentina de César Aira. «De lo mejor que he leído en los últimos tiempos», dice. Hasta ahora pensaba que Aira bebía de Levrero, pero me doy cuenta de que en gran medida son contemporáneos y que la influencia puede ser mutua.

Cuando era adolecente, Levrero quiso ser director de cine, pero al darse cuenta de que eso era imposible en Uruguay, se decantó por la escritura. Considera que sus libros se crean de forma visual, a fuerza de dibujar imágenes, y que el libro funcionaria igual si cambiase las palabras de las frases por sinónimos.

Levrero no cree en el escritor con horario, aquel que tiene un trabajo de oficina y luego escribe de 18:00 a 20:00 horas. Él siente la escritura como algo orgánico, que le reclama de vez en cuando. En el momento en que va a escribir una novela se ha de dedicar a ello durante dos o tres semanas, sin tener casi interrupciones. Luego puede estar años puliendo el texto, pero el primer impulso tiene que ser compulsivo. De este modo, lo acaba pasando mal cuando ha de mudarse a Buenos Aires y trabajar en una revista de crucigramas y juegos de lógica, porque no tiene el tiempo que necesita para escribir. En un periodo de vacaciones después de tres años de estancia en la gran metrópoli, comenzará a escribir Diario de un canalla, sacando de sí mismo estos problemas. Consigue aguantar en su trabajo de «oficina» porque la realización de los crucigramas y los juegos de lógica le resulta creativa. Así, dedica a los crucigramas una hora cuando sabe que podría hacerlos en quince minutos.
Para Levrero, en las experiencias más triviales y cotidianas hay material artístico, aunque gran parte de su literatura se inspira también en sueños.

Levrero se declara un adicto a la novela policiaca desde muy joven, porque le sirve para escapar de la realidad. A veces se siente culpable por leerlas, ya que este tipo de libros necesitan un final «cerrado». Si los enigmas planteados no quedan cerrados, la novela fracasa y deja una sensación de estafa; pero cuando sí que está «cerrada», deja una sensación de vacío.

«Mi posición política es variable; suele situarse habitualmente en el polo opuesto a la de mi interlocutor cualquiera sea su posición. Lo cierto es que no entiendo nada de política; cada vez entiendo menos, en general» (pág. 104).

Entre 1985 y 1988 Levrero vive en Buenos Aires, trabajando en la empresa de crucigramas. Lo acaba dejando cuando todo el proceso se hace más mecánico y piensa que ya no hay nada creativo en ello. Entre 1988 y 1993 vive en Colonia del Sacramento, junto a su pareja Alicia (que aparece en El discurso vacío). Después vuelve a Montevideo.

«Creo que en toda sociedad y en todo individuo están los gérmenes de una dictadura; por eso los regímenes de fuerza son posibles». Las referencias conscientes a las dictaduras uruguaya o argentina en la obra de Levrero son escasas; se puede, sin embargo, encontrar algo: «Un breve pasaje de Nick Carter…, algunos fragmentos y el mismo título de Ya que estamos, alguna oscura alusión y el título de Espacios libres, alguna reflexión en Apuntes de un voyeur melancólico, una línea de Diario de un canalla; pero no son referencias políticas, sino humanas» (pág. 123).

«No detesto las entrevistas de un modo global y absoluto; en ese caso las rechazaría. Me siento molesto conmigo mismo por mi vanidad al aceptarlas, me fastidia trabajar para que mi trabajo lo cobre otro, me han decepcionado muchos entrevistadores (por sus preguntas, o por la forma de manejas mis respuestas), me he decepcionado siempre por mi poca habilidad para dar respuestas geniales; y desconfío de la entrevista como género, porque difícilmente se da el diálogo: suelen ser esquemas y prejuicios que se cruzan, se intercambian incólumes entre entrevistador y entrevistado» (pág. 130).

Los primeros libros de Levrero (La ciudad y La máquina de pensar en Gladys) los publicó Marcial Souto en una colección de libros extraños, que en principio era de ciencia-ficción. Esto generó la confusión de que Levrero escribía ciencia-ficción, cuando en realidad no lo hace. En más de una ocasión en este libro, desmiente el particular y además declara que ni siquiera le gusta el género. Esto me extrañaba, pues yo siempre había pensando que Philip K. Dick era una de sus influencias. La forma de Levrero de sentir que está en contacto con una realidad superior es muy similar a la mirada paranoica de Dick sobre el mundo. No encontraba ninguna referencia a Dick en las entrevistas hasta que mi felicidad se vio colmada en la página 152, cuando le preguntan si lee ciencia-ficción y contesta: «Leo, de tanto en tanto, y casi siempre los autores de ciencia ficción me frustran. Salvo uno: Philip K. Dick, que además de gran escritor es un genio».

Levrero se declara adicto a los «flippers», y en los tiempos de la dictadura le costaba retirarse a su casa durante los toques de queda por seguir jugando a estas máquinas. Estas experiencias en los salones de juegos las usó para su novela Fauna.

Si de su obra, la novela que considera mejor es Desplazamientos, la que menos le gusta es La novela geométrica (que aún no ha llegado a España), y la segunda parte de Lugar.

Cuando Levrero habla de los talleres literarios que imparte declara que él no sabe nada de literatura, y que no puede –como se hace en otros talleres– enseñar a sus alumnos a leer. Él trata de transmitir su experiencia como escritor.


He disfrutado con este libro de entrevistas a Mario Levrero, e imagino que Un silencio menos puede gustar a los pocos, pero cada vez más numerosos, seguidores de este peculiar y valioso escritor.